La noche expropiada: despertar nocturno, productividad y cuidado enfermero


El reloj marca las 3:14 h. El cuerpo despierta y, casi al instante, empieza el juicio. No solo estoy despierto: empiezo a pensar que algo en mí funciona mal. Que mañana estaré torpe. Que esto no es cansancio, sino avería. Y quizá ahí empiece el verdadero problema de nuestro tiempo: no en abrir los ojos en mitad de la noche, sino en haber aprendido a vivir ese despertar como un fallo personal. La medicina sabe que no todo despertar nocturno equivale a insomnio clínico; para hablar de trastorno hacen falta persistencia, malestar y repercusión diurna. Pero la cultura del rendimiento ha estrechado tanto el margen de lo tolerable que hoy cualquier interrupción del sueño se vive como amenaza. Dormir ya no es solo descansar: es rendir bien al día siguiente. Y cuando el cuerpo no obedece, aparece la culpa (1).

Hemos empezado a vigilar el sueño como quien vigila un rendimiento. No basta con dormir: ahora hay que dormir bien, dormir seguido, dormir con eficacia, dormir con una puntuación aceptable. Esa obsesión por alcanzar un descanso perfecto no siempre mejora el sueño; a veces lo tensa más. La ansiedad por dormir puede convertirse en un combustible del propio insomnio. La literatura reciente sobre la relación entre insomnio y ansiedad muestra que ambos fenómenos se alimentan mutuamente, y los trabajos sobre ortosomnia señalan algo inquietante: la preocupación excesiva por dormir “correctamente” también puede empeorar la experiencia subjetiva del descanso (2,3).

Aquí conviene introducir una matización importante. Despatologizar no significa banalizar. No toda vigilia de madrugada es filosófica, ni toda angustia nocturna es un eco cultural. Hay despertares que anuncian dolor, apnea, depresión, ansiedad grave, abstinencia, efectos farmacológicos o un trastorno de insomnio propiamente dicho. También hay pacientes que necesitan tratamiento y no poesía. La prudencia clínica exige no romantizar el sufrimiento real. Pero esa misma prudencia obliga a evitar el error inverso: convertir toda variación del dormir en una etiqueta diagnóstica inmediata. La medicina debe distinguir, no colonizar cada experiencia humana con una categoría antes de haber escuchado lo que está ocurriendo (1,2).


Cuando el sueño se convirtió en rendimiento

Durante años se ha repetido que antes dormíamos de otra manera: un primer sueño, una vigilia intermedia, un segundo sueño. Esa imagen, impulsada por Roger Ekirch y muy difundida después en la cultura popular, sigue siendo sugerente. Pero hoy conviene no presentarla como una verdad cerrada ni como una ley universal de la naturaleza humana. El propio Ekirch defendió que el sueño segmentado fue común en sociedades preindustriales, y su trabajo marcó un antes y un después en este debate (4,5). Sin embargo, revisiones históricas más recientes, como la de Niall Boyce, cuestionan que esa hipótesis pueda elevarse sin matices a patrón dominante y universal. Tal vez no perdimos un único modo correcto de dormir. Tal vez lo que existió fue una mayor diversidad de formas de habitar la noche, hoy empobrecida por una cultura que exige continuidad, regularidad y rendimiento (6).

Y, sin embargo, aunque el sueño segmentado no pueda elevarse sin más a dogma histórico, sí hay algo que merece ser dicho con firmeza: la noche moderna ya no es un territorio abierto, sino un tiempo administrado. La expansión de la luz artificial, de las pantallas y de la actividad social y laboral continua ha modificado profundamente nuestra relación con los ritmos circadianos. No hace falta recurrir a una retórica grandilocuente para verlo. Basta con reconocer que la vida contemporánea prolonga artificialmente el día y reduce la noche a una franja que debe ser eficiente, compacta y silenciosa. La evidencia disponible muestra que la exposición nocturna a la luz artificial altera la sincronización circadiana, y que el trabajo nocturno o los horarios desalineados con el día solar se asocian a alteraciones del sueño y a consecuencias metabólicas relevantes (7).

El problema no se limita al turno nocturno clásico. También los horarios inestables, imprevisibles y fragmentados lesionan el descanso. Harknett, Schneider y Wolfe mostraron que la inestabilidad horaria, los cambios de última hora, la falta de control sobre los turnos o los cierres seguidos de aperturas se asocian con peor calidad de sueño, más dificultad para conciliarlo, más despertares y mayor cansancio al despertar (8). Y esto es importante: no hablamos solo de noche hospitalaria o industrial, sino de una organización social más amplia que ha convertido el tiempo humano en un recurso flexible, reajustable, disponible. Desde esa lógica, despertarse a mitad de la noche no da miedo solo por el cuerpo, sino por lo que amenaza del día siguiente: productividad, atención, puntualidad, cumplimiento. No tememos solo no dormir; tememos no rendir.


Dormir de otra manera: historia, cautela y matiz

No se trata, por tanto, de idealizar el pasado ni de afirmar que todo despertar nocturno es un residuo ancestral reprimido por la modernidad. Esa tesis sería tan simplista como la contraria. Se trata de algo más sobrio y más serio: reconocer que la experiencia de dormir nunca ha sido solo biológica. Siempre ha estado atravesada por formas de vida, por expectativas culturales y por modelos de organización del tiempo. Hoy el canon dominante es claro: dormir sin interrupciones, dormir del tirón, dormir para rendir. Y cuando el cuerpo se sale de ese guion, la reacción ya no es curiosidad ni escucha, sino alarma. Ahí empieza la patologización contemporánea del despertar nocturno (4-8).


El hospital como fábrica de despertares

Este marco adquiere una forma casi brutal dentro del hospital. El lugar que debería proteger el descanso de quien enferma es, con demasiada frecuencia, uno de sus grandes perturbadores. La revisión sistemática y metaanálisis de Burger y colaboradores mostró que la mayoría de los estudios en pacientes hospitalizados describen mala calidad de sueño y duración insuficiente; en adultos, el sueño hospitalario suele quedar claramente por debajo de lo recomendable (9). El problema no es misterioso: dolor, ansiedad, enfermedad aguda, luces intensas o irregulares, ruido, alarmas, compañeros de habitación, toma de constantes, medicación nocturna, pruebas, interrupciones repetidas. Morse y Bender lo resumen bien: el sueño hospitalario se rompe por factores intrínsecos del paciente, sí, pero también por un entorno construido sin suficiente respeto por el descanso como necesidad clínica (10). A veces el hospital primero rompe la noche y luego trata de gestionar sus efectos.

La noche hospitalaria tiene algo de paradoja cruel. El paciente llega agotado, vulnerable, a veces asustado, y entra en un lugar que vigila su biología pero no siempre protege su descanso. La luz del pasillo se cuela por la puerta entreabierta. El monitor pita. Alguien entra a tomar una tensión. Otro paciente tose, gime o pide ayuda. El olor a desinfectante y plástico sustituye el olor de la casa. Y en ese paisaje artificial se espera, además, que el cuerpo duerma con normalidad. Cuando no lo hace, la pregunta debería ser menos “qué fármaco damos” y más “qué entorno estamos imponiendo”. Esa pregunta no es anticlínica. Es, precisamente, clínica en serio (9,10).


Cuidar no es silenciar

Aquí es donde la reflexión enfermera deja de ser un adorno y se vuelve un núcleo ético. Si el paciente despierta a las tres de la mañana, la respuesta no puede ser siempre automática. Antes del fármaco debería existir, cuando el contexto lo permita, una valoración: qué le despierta, qué teme, qué dolor arrastra, qué ruido lo altera, qué pensamiento lo persigue, qué procedimiento podría aplazarse, qué luz podría atenuarse, qué monitor podría bajar su estridencia, qué presencia podría calmar sin invadir. La revisión sistemática de Mendonça y colaboradores identifica precisamente ese horizonte: control del ruido, reducción de interrupciones, manejo de la luz, cuidado individualizado, organización de los procedimientos en momentos menos invasivos, comunicación terapéutica, educación y alivio de síntomas como dolor, ansiedad o depresión (11). No es romanticismo. Es cuidado básico bien pensado.

Desde ahí sí tiene sentido introducir, con sobriedad, una palabra como Dasein. En Heidegger, Dasein puede entenderse como el ser humano en cuanto ser que está en el mundo, se sabe expuesto y no puede dejar del todo de enfrentarse a su propia existencia. Cuando un paciente abre los ojos en la penumbra del hospital, no siempre está fallando un mecanismo. A veces irrumpe esa condición humana desnuda: la fragilidad, la pregunta, el miedo, la conciencia de estar ahí, en una cama, lejos del hogar, bajo una luz que no eligió. Si el cuidado ignora eso y responde solo con contención química, corre el riesgo de confundir silencio con alivio. Hay momentos en que medicar es correcto y necesario; hay otros en los que acompañar es la intervención más humana y más clínica al mismo tiempo. En ese punto, enfermería no debería limitarse a mantener el orden de la sala, sino a sostener la vulnerabilidad sin cancelarla de inmediato (10,11).


El cuerpo del cuidador en la noche

Pero la noche hospitalaria no hiere solo al paciente. También desgasta a quien cuida. El profesional de enfermería sostiene decisiones, vigilancia, comunicación, técnica y responsabilidad clínica mientras su propio organismo reclama descanso. La literatura abierta sobre enfermeras de turno nocturno muestra una alta carga de problemas de sueño y deterioro de la calidad del descanso. Alfonsi y colaboradores resumen de forma convincente las consecuencias del trabajo nocturno sobre sueño, atención, fatiga y ajuste circadiano, y Huang, Tian y Zeng encontraron una prevalencia muy elevada de mala calidad de sueño tanto en enfermeras que seguían realizando noches consecutivas como en quienes las habían realizado en el pasado (12,13). Por eso la crítica del modelo productivista no es una abstracción ideológica: es una descripción corporal. El hospital tecnificado salva vidas, sí, pero también exige cuerpos funcionales en la hora en que el cuerpo humano menos está hecho para ser lúcido, empático y preciso de forma sostenida.

La fábrica clásica necesitaba brazos disponibles al amanecer. El hospital contemporáneo necesita, además, juicio clínico fino, atención sostenida, respuesta emocional equilibrada y seguridad técnica a las cuatro de la madrugada. Ahí se ve con más crudeza la tensión de fondo: un sistema construido para no detenerse exige a la carne humana una continuidad que la biología no regala. Y, sin embargo, sobre esa tensión descansan decisiones que afectan a vidas concretas. Hablar del sueño de las enfermeras no es hablar de confort laboral; es hablar también de calidad asistencial, de riesgo de error y de la dignidad mínima de quien sostiene la noche ajena mientras pierde la propia (12,13).


Recuperar la noche sin romantizar el sufrimiento

Lo decisivo, entonces, no es negar la clínica, sino rescatarla de la simplificación. La madrugada no siempre está enferma. A veces lo enfermo es el modo en que la interpretamos. El despertar nocturno puede ser síntoma, puede ser sufrimiento, puede ser desregulación, puede ser miedo. Pero también puede convertirse en catástrofe porque una cultura entera nos ha enseñado a leer cualquier interrupción del sueño como amenaza inmediata al valor de nuestro día. Hemos interiorizado una disciplina del descanso: dormir del tirón, rendir al máximo, no interrumpirse, no aflojar. Y desde ese mandato, cada despertar parece una derrota. Tal vez el trabajo del cuidado —también el autocuidado— consista en devolver matiz a la noche: tratar lo que haya que tratar, aliviar lo que haya que aliviar, y dejar de llamar enfermedad a toda forma de vulnerabilidad que no encaje en la liturgia del rendimiento (1-3,7-11).

Tal vez la madrugada no necesite ser conquistada, sino comprendida. Habrá noches que exijan tratamiento, alivio del dolor, corrección clínica y ayuda profesional. Pero habrá otras en las que el cuerpo no esté enfermo, sino simplemente fuera del guion productivo que le hemos impuesto. El error de nuestra época ha sido convertir toda fragilidad en sospecha diagnóstica y todo desajuste en déficit de rendimiento. Por eso cuidar de verdad no consiste solo en inducir el sueño, sino en aprender a distinguir: cuándo hay que intervenir, cuándo hay que acompañar y cuándo basta con no añadir más miedo a la vigilia. El hospital que no deja dormir y luego medicaliza el cansancio; la sociedad que no deja parar y luego patologiza el desvelo; el profesional que sostiene la noche ajena mientras sacrifica la suya. Todo eso forma parte del mismo problema. Recuperar la noche no es volver a un pasado idealizado. Es negarse a aceptar que toda interrupción del descanso sea una avería del ser humano. A veces el cuerpo pide ayuda. A veces pide silencio. Y a veces solo pide que dejemos de tratar como enfermedad lo que también puede ser una forma de verdad (1,4-13).


Referencias:

  1. Krystal AD, Prather AA, Ashbrook LH. The assessment and management of insomnia: an update. World Psychiatry. 2019;18(3):337-352. doi:10.1002/wps.20674. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC6732697/
  2. Palagini L, Miniati M, Caruso V, Alfi G, Geoffroy PA, Domschke K, et al. Insomnia, anxiety and related disorders: a systematic review on clinical and therapeutic perspective with potential mechanisms underlying their complex link. Neurosci Appl. 2024;3:103936. doi:10.1016/j.nsa.2024.103936. Disponible en: https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2772408524000012
  3. Jahrami H, Trabelsi K, Husain W, Ammar A, BaHammam AS, Pandi-Perumal SR, et al. Prevalence of Orthosomnia in a General Population Sample: A Cross-Sectional Study. Brain Sci. 2024;14(11):1123. doi:10.3390/brainsci14111123. Disponible en: https://www.mdpi.com/2076-3425/14/11/1123
  4. Ekirch AR. Segmented sleep in preindustrial societies. Sleep. 2016;39(3):715-716. doi:10.5665/sleep.5558. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC4763365/
  5. Ekirch AR. Sleep we have lost: pre-industrial slumber in the British Isles. Am Hist Rev. 2001;106(2):343-386. doi:10.1086/AHR/106.2.343. Disponible en: https://academic.oup.com/ahr/article/106/2/343/64370
  6. Boyce N. Have we lost sleep? A reconsideration of segmented sleep in early modern England. Med Hist. 2023;67(2):91-108. doi:10.1017/mdh.2023.14. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC10404514/ Meléndez-
  7. Fernández OH, Liu JA, Nelson RJ. Circadian rhythms disrupted by light at night and mistimed food intake alter hormonal rhythms and metabolism. Int J Mol Sci. 2023;24(4):3392. doi:10.3390/ijms24043392. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC9963929/
  8. Harknett K, Schneider D, Wolfe R. Losing sleep over work scheduling? The relationship between work schedules and sleep quality for service sector workers. SSM Popul Health. 2020;12:100681. doi:10.1016/j.ssmph.2020.100681. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7644775/
  9. Burger P, van den Ende ES, Lukman W, Burchell GL, Steur LMH, Merten H, et al. Sleep in hospitalized pediatric and adult patients: a systematic review and meta-analysis. Sleep Med X. 2022;4:100059. doi:10.1016/j.sleepx.2022.100059. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC9672415/
  10. Morse AM, Bender E. Sleep in hospitalized patients. Clocks Sleep. 2019;1(1):151-165. doi:10.3390/clockssleep1010014. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC7509688/
  11. Mendonça SC, Martins DMS, Durão C, Teixeira JMF, Henriques HMSR. Sleep-enhancing nursing interventions in hospital wards: a systematic review. Int Nurs Rev. 2025;72(1):e13062. doi:10.1111/inr.13062. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC11652799/
  12. Alfonsi V, Scarpelli S, Gorgoni M, Pazzaglia M, Giannini AM, De Gennaro L. Sleep-related problems in night shift nurses: towards an individualized interventional practice. Front Hum Neurosci. 2021;15:644570. doi:10.3389/fnhum.2021.644570. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8007770/
  13. Huang Q, Tian C, Zeng XT. Poor sleep quality in nurses working or having worked night shifts: a cross-sectional study. Front Neurosci. 2021;15:638973. doi:10.3389/fnins.2021.638973. Disponible en: https://pmc.ncbi.nlm.nih.gov/articles/PMC8369413/

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2 comentarios

  1. Que excelente lectura como siempre Diego. Y me ha dado risa porque precisamente esto vivo cada día. La alarma está programada para soñar a las 3.00 am y cuando me levanto y las 12, la 1 o a cualquier hora realmente me da una ansiedad porque sé que me costará volverme a dormir y no voy a descansar mis horas completas. Y esto a su vez me mantiene despierta porque me da más ansiedad!

    • Muchas gracias, Anabel, de corazón. Y sí, lo que cuentas es exactamente ese círculo que tantas veces nos atrapa: te despiertas, aparece el pensamiento de ‘ya no voy a descansar’, y esa misma angustia te mantiene más despierta todavía. Es muy humano, muy frecuente y, además, muy agotador. Gracias por compartirlo con tanta sinceridad, porque estoy seguro de que muchas personas se sentirán identificadas contigo.

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