Anoche, mientras mi hermana y yo le cambiábamos el pañal a mi sobrina, apareció una de esas preguntas que parecen sencillas hasta que intentas responderlas.

Hablábamos de la familia. De determinadas maneras de relacionarnos, de heridas antiguas, de conflictos que vuelven una y otra vez con distinto aspecto. Y en algún momento surgió la pregunta:

¿Por qué terminamos haciendo algunas de las mismas cosas que tanto daño nos hicieron?

No supe qué contestarle.

Quizá porque la respuesta incómoda comienza precisamente ahí: podemos pasar años intentando alejarnos de una determinada forma de ser y descubrir, un día cualquiera, que hemos aprendido algunas de sus palabras, algunos de sus silencios, incluso algunas de sus formas de herir.

No significa necesariamente que nos hayamos convertido en aquella persona.

Significa algo bastante más complejo.

Que también heredamos maneras de relacionarnos.


Hay herencias que no aparecen en ningún testamento

Cuando pensamos en lo que recibimos de nuestra familia solemos imaginar los ojos de nuestro padre, la sonrisa de nuestra abuela, determinada manera de caminar o una enfermedad para la que existe cierta predisposición genética.

Pero existe otra herencia mucho menos visible.

Aprendemos qué hacer cuando alguien nos contradice. Cómo expresar el enfado. Qué ocurre cuando sentimos celos. Cómo pedimos afecto. Cómo reaccionamos al miedo. Qué hacemos con una verdad incómoda. Cómo afrontamos una discusión. Si pedimos perdón o permanecemos días sin hablar. Si resolvemos los problemas directamente o buscamos a una tercera persona para que tome partido.

Mucho antes de poder preguntarnos qué clase de personas queremos ser, ya estamos aprendiendo cómo funcionan las relaciones humanas.

La psicología lleva décadas estudiando esta continuidad entre generaciones. La investigación muestra que determinados estilos relacionales, formas de agresividad y dificultades de regulación emocional pueden transmitirse de una generación a otra mediante distintos mecanismos: aprendizaje social, patrones de apego, regulación emocional y experiencias repetidas dentro del entorno familiar (1-3).

Conviene añadir algo esencial: transmisión no significa condena.

Quien ha crecido rodeado de hostilidad tiene mayor riesgo de reproducir determinadas conductas, pero la mayoría de las personas expuestas a familias agresivas no terminan convirtiéndose inevitablemente en agresores (1). La biografía influye. No dicta sentencia.

Y esa diferencia importa mucho.

Porque nos devuelve algo que nunca deberíamos perder: nuestra capacidad de elegir.


Lo familiar no siempre es lo saludable

Hay comportamientos que podemos reconocer intelectualmente como dañinos y, sin embargo, reproducir cuando estamos cansados, asustados, enfadados o sentimos que alguien amenaza nuestro lugar dentro de una relación.

Esto parece contradictorio, pero no lo es tanto.

Durante la infancia no aprendemos las relaciones mediante manuales. Las aprendemos viviéndolas.

Si durante años hemos visto que los conflictos se afrontan gritando, quizá sepamos perfectamente que gritar está mal y, aun así, levantemos la voz cuando nos sentimos acorralados.

Si aprendimos que el afecto se retira como castigo, podemos terminar utilizando el silencio para hacer daño.

Si en casa los problemas nunca se hablaban directamente con la persona implicada, sino que circulaban de habitación en habitación, podemos sorprendernos haciendo exactamente lo mismo.

No porque lo aprobemos.

Sino porque conocer lo que no queremos ser no significa haber aprendido todavía cómo ser de otra manera.

Aquí aparece uno de los fenómenos más interesantes. La exposición a experiencias emocionales adversas durante la infancia se asocia, en promedio, con mayores dificultades posteriores para regular emociones, especialmente mediante evitación, supresión, rumiación o respuestas poco adaptativas ante situaciones de estrés (2). Una gran revisión publicada en 2026 encontró precisamente asociaciones entre el maltrato emocional temprano y determinadas dificultades regulatorias que pueden persistir durante la edad adulta.

No todo conflicto familiar constituye maltrato, por supuesto. Sería irresponsable confundir ambas cosas. Pero estos estudios permiten comprender algo más amplio: lo vivido durante años puede acabar formando parte de nuestro repertorio automático para enfrentarnos a las relaciones.

Y suele ser precisamente cuando estamos emocionalmente activados cuando esos automatismos aparecen con mayor facilidad.


Cuando el conflicto necesita un tercero

Existe además una dinámica familiar especialmente interesante: la triangulación.

El término procede de la teoría de sistemas familiares y describe situaciones en las que una tensión entre dos personas termina regulándose mediante una tercera.

A tiene un problema con B, pero en lugar de hablar con B acude a C.

Le cuenta su versión.

Busca comprensión.

Introduce información.

Pide posicionamiento.

C termina involucrado en un conflicto que inicialmente no era suyo.

Y si esto ocurre repetidamente, aparecen alianzas, lealtades, desconfianza y versiones diferentes de la misma historia.

La triangulación puede resultar especialmente dañina cuando sucede entre padres e hijos o entre miembros de una misma familia. Diversos estudios han relacionado estas dinámicas con conflictos de lealtad, dificultades emocionales y deterioro de determinadas relaciones familiares (4-6).

Y aquí sucede algo que me parece importante.

A veces creemos que estamos enfrentados con un hermano únicamente por lo que ha ocurrido entre nosotros. Pero las relaciones familiares no existen dentro de compartimentos estancos.

Una revisión sistemática y metaanálisis que analizó 47 estudios y casi 30.000 participantes encontró relación entre la calidad de las relaciones parentales y las relaciones entre hermanos (4). Otro estudio longitudinal observó que determinadas formas de triangulación entre madre e hijo podían predecir posteriormente una mayor hostilidad entre hermanos (5).

Eso obliga a formular una pregunta incómoda:

¿Cuánto de lo que sentimos hacia determinadas personas de nuestra familia nació realmente entre nosotros y cuánto fue depositado allí por otros?

No siempre podremos responder.

Pero empezar a preguntarlo ya cambia nuestra manera de mirar la historia.


El peligro de convertir a alguien en «la persona tóxica»

Aquí quiero hacer una precisión.

La palabra tóxico se ha convertido en una especie de diagnóstico popular. Tenemos madres tóxicas, parejas tóxicas, amistades tóxicas, compañeros tóxicos.

A veces describe relaciones verdaderamente destructivas. Pero también puede simplificar demasiado algo complejo.

Las personas no son sustancias químicas.

Hay conductas manipuladoras, mentiras, chantaje emocional, descalificación, control, invasión de límites, violencia psicológica o triangulación. Y esas conductas deben poder nombrarse con claridad.

Pero convertir a una persona entera en una etiqueta puede impedirnos hacer una pregunta mucho más difícil:

¿Qué hago yo cuando entro dentro de esa dinámica?

Porque reconocer el daño recibido no debería impedir reconocer nuestras propias contradicciones.

Podemos haber sido víctimas de una determinada forma de relación y reproducir después algunos de sus mecanismos.

Podemos tener razón en una discusión y comportarnos mal.

Podemos haber sufrido manipulación y manipular.

Podemos detestar la mentira y mentir cuando tenemos miedo.

Podemos criticar durante años la forma en que alguien divide a una familia y descubrir que también nosotros hemos empezado a buscar aliados cuando nos sentimos heridos.

Reconocerlo no convierte en inocente a quien nos dañó.

Nos convierte en responsables de nosotros mismos.


Comprender no significa justificar

Existe una diferencia profunda entre ambas cosas.

Conocer nuestra historia permite comprender por qué determinadas conductas aparecen. Pero llega un momento en la vida adulta en que la explicación deja de ser suficiente.

No elegimos muchas de las cosas que aprendimos.

Pero sí podemos decidir qué hacemos con ellas.

La investigación sobre transmisión intergeneracional resulta especialmente interesante precisamente porque el ciclo no es inevitable. Los estudios encuentran continuidad entre generaciones, pero también enormes discontinuidades: personas que recibieron un trato dañino y construyeron familias cálidas, padres que aprendieron conscientemente otras formas de cuidar, adultos que buscaron relaciones diferentes a las que habían conocido durante la infancia (1,7,8).

Quizá ahí se encuentre una de las formas más profundas de madurez.

No en poder afirmar:

«Yo jamás me pareceré a esa persona».

Sino en tener suficiente honestidad para preguntarnos:

«¿Dónde se parece mi comportamiento al suyo?»

Porque aquello que no somos capaces de reconocer difícilmente podemos transformarlo.


Romper una cadena no consiste solamente en alejarse

A veces pensamos que romper una dinámica familiar significa marcharnos.

En determinados casos, poner distancia puede ser necesario. Incluso imprescindible.

Pero podemos vivir a cientos de kilómetros y seguir reproduciendo exactamente la misma estructura emocional.

Seguimos discutiendo mentalmente.

Seguimos necesitando demostrar quién tiene razón.

Seguimos buscando aliados.

Seguimos contando a terceros aquello que deberíamos hablar con la persona implicada.

Seguimos utilizando los mismos mecanismos, solo que ahora los utilizamos nosotros.

Por eso romper una cadena intergeneracional exige algo más profundo que separarse físicamente.

Exige aprender.

Aprender a hablar directamente.

A soportar que alguien piense diferente.

A establecer límites sin humillar.

A no utilizar secretos como armas.

A negarnos a participar cuando alguien intenta enfrentarnos con otra persona.

A preguntar antes de creer.

A reconocer nuestra parte cuando nos equivocamos.

A pedir perdón.

Y, quizá lo más difícil de todo, a renunciar al extraño placer de sentir que somos siempre los buenos de nuestra propia historia.


Quizá la libertad empiece aquí

Vuelvo a aquella conversación durante la cena.

Ahora creo que habría contestado algo distinto.

No creo que inevitablemente acabemos convirtiéndonos en quienes nos hicieron daño.

Creo que llevamos dentro muchas de las maneras con las que aprendimos a sobrevivir junto a ellos.

Algunas serán hermosas.

Otras merecerán ser conservadas.

Y habrá otras que tendremos que mirar con bastante más valentía.

Porque llega una edad en la que ya no basta con explicar quién nos enseñó a reaccionar así.

Podemos reconocer de dónde viene una herida sin convertirla en nuestra identidad.

Podemos entender a quienes nos precedieron sin justificar el daño.

Podemos querer a alguien y ponerle límites.

Podemos formar parte de una familia sin aceptar todas sus reglas.

Y podemos descubrir un día que aquello que llevábamos años reprochando empieza también a aparecer en nosotros.

Ese descubrimiento puede ser doloroso.

Pero quizá sea también una oportunidad.

Porque una herencia solo se convierte verdaderamente en destino cuando dejamos de examinarla.

Tal vez crecer consista precisamente en abrir esa vieja maleta familiar, mirar despacio lo que alguien puso dentro antes de que pudiéramos elegir y decidir, por primera vez, qué queremos seguir llevando y qué debe terminar con nosotros.


Referencias: