Anoche mi hermana me preguntó por WhatsApp cómo me encontraba.

No había preparado ninguna respuesta. Tampoco estaba especialmente triste ni había ocurrido nada concreto que pudiera señalar con el dedo. Simplemente escribí lo primero que me salió:

—No sé, estoy un poco ploff… septiembre ha llegado demasiado fuerte para mí, como muy de golpe.

Después me quedé mirando aquella frase. A veces uno necesita escribir algo para darse cuenta de lo que lleva dentro.


Hay cansancios que no empiezan cuando termina el verano

Septiembre tiene algo extraño. Durante años hemos aprendido a mirarlo como el mes de los comienzos. Vuelve el colegio, vuelven las agendas, los proyectos, los horarios, los gimnasios llenos y esa especie de liturgia colectiva que nos invita a recomenzar. Como si el 1 de septiembre alguien pulsara un botón invisible y todos debiéramos aparecer renovados, descansados y preparados para empezar otra vez.

Pero este año yo no he vuelto de vacaciones.

He pasado el verano trabajando, cubriendo las vacaciones de otros. Mientras el calendario avanzaba entre julio y agosto, mi vida no tuvo ese paréntesis que suele separar una etapa de otra. No hubo una frontera clara entre el antes y el después, ni ese pequeño territorio de descanso que permite cerrar una puerta antes de abrir la siguiente. Simplemente seguí.

Y entonces llegó septiembre con sus obligaciones, sus proyectos, sus asuntos pendientes, sus nuevos ritmos y esa sensación colectiva de que ahora comienza todo otra vez. Y quizá ahí estaba lo que intentaba decirle a mi hermana: ¿cómo se vuelve a empezar cuando uno todavía no ha terminado lo anterior?

No era exactamente tristeza. Tampoco agotamiento absoluto. Era algo más difícil de nombrar: la sensación de que la vida había acelerado antes de que yo hubiese podido alcanzarla.


Seguimos funcionando, y por eso nadie lo nota

Existe una forma de cansancio especialmente silenciosa: aquella que todavía nos permite seguir funcionando. Te levantas, trabajas, contestas mensajes, cumples con tus responsabilidades, organizas cosas, haces planes. Incluso ríes y mantienes conversaciones perfectamente normales. Desde fuera nada parece haberse roto y, probablemente, nada se haya roto.

Pero dentro puede existir una pequeña distancia entre el ritmo al que avanza el mundo y el ritmo al que uno consigue asimilarlo.

Quizá confundimos demasiado a menudo estar bien con ser capaces de continuar. Y no son exactamente lo mismo. Podemos cumplir nuestras responsabilidades y necesitar descanso; querer profundamente nuestra vida y sentirnos, sin embargo, sobrepasados por ella. Podemos estar agradecidos por lo que tenemos y al mismo tiempo necesitar silencio. Podemos tener proyectos que nos ilusionan y descubrir que, precisamente ahora, no disponemos de toda la energía que esos proyectos reclaman.

Hay una cierta madurez en aceptar esas contradicciones sin convertirlas inmediatamente en un problema que resolver. No siempre tenemos que escoger entre «estoy bien» o «estoy mal». La experiencia humana es bastante más compleja que eso.


El calendario no sabe cómo estamos

Hay algo profundamente artificial en esperar que nuestro mundo interior se adapte a las fechas. El calendario dice septiembre, pero el cuerpo puede seguir en agosto; la cabeza quizá continúe resolviendo asuntos de julio y alguna parte de nosotros todavía puede estar intentando comprender cosas que comenzaron mucho antes.

La vida emocional no entiende de meses, trimestres ni cursos académicos. Tiene sus propios tiempos.

Sin embargo, hemos construido una cultura que incluso ha conseguido convertir el descanso en una herramienta de productividad. Descansa para volver con más fuerza. Desconecta para rendir mejor. Cuídate para ser más eficiente. Y así, casi sin darnos cuenta, hasta el autocuidado puede convertirse en otra exigencia: meditar, hacer ejercicio, alimentarse correctamente, dormir ocho horas, trabajar, estudiar, crecer, cuidar las relaciones, gestionar adecuadamente las emociones y, si puede ser, hacerlo todo con una sonrisa razonablemente convincente.

A veces me pregunto si no necesitaríamos permitirnos algo mucho más sencillo: no mejorar nada durante unas horas. No aprovechar el tiempo. No convertir cada paseo en ejercicio ni cada silencio en una técnica de meditación. Simplemente estar, sin tener que justificar siquiera ese tiempo.


No todo cansancio necesita convertirse en enfermedad

También creo que conviene decir esto. Hemos avanzado muchísimo al hablar abiertamente de salud mental y era necesario hacerlo, pero corremos el riesgo de interpretar cualquier tristeza, cansancio o desorientación como algo que inmediatamente necesita una etiqueta clínica.

Hay momentos en los que estamos cansados porque hemos trabajado mucho. Necesitamos silencio porque hemos tenido demasiado ruido. Sentimos que no podemos con todo porque, sencillamente, hay demasiado.

Reconocerlo no disminuye la importancia de los verdaderos problemas de salud mental. Al contrario, quizá nos permita comprender mejor la diferencia entre ese sufrimiento humano que aparece al atravesar determinadas etapas de la vida y aquel otro que persiste, invade nuestra cotidianeidad, deteriora nuestro funcionamiento y necesita ser acompañado profesionalmente.

No todo malestar necesita un diagnóstico, pero todo malestar merece ser escuchado. También el nuestro.


Aprender a recuperar nuestro propio ritmo

He pensado bastante en aquella frase que escribí casi sin querer: «Septiembre ha llegado demasiado fuerte para mí».

Probablemente septiembre no tenga ninguna culpa. Quizá simplemente haya sido el momento en que mi cuerpo y mi cabeza me han recordado que llevan demasiado tiempo caminando sin apenas espacio entre una cosa y la siguiente.

Y tampoco quiero idealizar la posibilidad de parar. No todos podemos detener nuestra vida cuando estamos cansados. Hay trabajos que hacer, personas que cuidar, facturas que pagar y responsabilidades que no desaparecen porque necesitemos descansar. Hablar del autocuidado como si siempre dependiera exclusivamente de nuestra voluntad puede resultar incluso cruel para quien carece del tiempo, los recursos o las circunstancias necesarias para hacerlo.

Pero entre detenerlo todo y continuar ignorándonos existe un territorio intermedio. Podemos aplazar aquello que realmente puede esperar, reducir alguna exigencia innecesaria, dejar una tarde sin llenar, dormir un poco más cuando sea posible, caminar sin destino, hablar con alguien querido o apagar durante un rato ese ruido constante que parece exigirnos atención.

Y, sobre todo, podemos dejar de exigirnos estar bien inmediatamente.

Quizá eso sea lo que necesito estos días. No desaparecer, ni abandonar mis proyectos, ni huir de septiembre. Simplemente recuperar poco a poco la distancia entre mi vida y yo, hasta volver a caminar al mismo ritmo.

Porque hay temporadas en las que no estamos perdidos, ni rotos, ni necesariamente mal. Solo llevamos demasiado tiempo caminando sin detenernos a comprobar cómo estamos llegando.

Y quizá entonces baste con reconocer algo sencillo:

No estoy mal. Solo necesito que el mundo vaya un poco más despacio.