Ayer fui al hospital, pero esta vez no como enfermero. No llevaba uniforme, no tenía pacientes asignados ni estaba pendiente de medicaciones, horarios, incidencias o cambios de turno. Iba simplemente a visitar a una persona muy cercana para mí que está ingresada. Era domingo y la planta tenía ese ambiente particular de los hospitales durante los fines de semana: menos movimiento en algunos rincones, familiares entrando y saliendo de las habitaciones, televisores encendidos casi por costumbre, carros recorriendo los pasillos y algún timbre sonando a lo lejos. Todo parecía transcurrir con esa mezcla extraña de rutina y espera que acompaña a quien pasa varios días ingresado.

Me senté junto a él y empezamos a hablar. Al poco tiempo comenzaron las quejas. Me dijo que aquello era un desastre, que parecía haber menos enfermeros por ser domingo, que la planta estaba saturada, que el hospital necesitaba una reforma y que no había derecho a determinadas condiciones. Después empezó a hablar de las jornadas que soportan muchos profesionales, de las edades de jubilación, de los médicos, de los enfermeros, de los políticos y, como suele ocurrir en estas conversaciones, una cosa fue llevando a la otra hasta que aquella habitación terminó acogiendo prácticamente todos los males de la sanidad española. Lo escuché durante un rato. Y lo cierto es que no sentía la necesidad de llevarle la contraria, porque algunas de las cosas que decía podían ser perfectamente ciertas. Quien ha trabajado dentro de un hospital sabe que existen jornadas muy duras, plantillas ajustadas, instalaciones envejecidas, decisiones organizativas difíciles de entender y momentos en los que los profesionales hacen lo posible dentro de unas condiciones que distan mucho de ser ideales.

Sin embargo, mientras lo escuchaba, hubo algo que empezó a incomodarme. No eran sus críticas. Era la cantidad de espacio que estaban ocupando. Él estaba ingresado, yo había ido a verlo y teníamos delante una tarde de domingo que no volvería. Podíamos pasarla hablando de todo aquello que funcionaba mal en el hospital, en la sanidad, en la política y probablemente en el país entero. Temas no nos habrían faltado. Pero en algún momento me acerqué, le puse la mano sobre el hombro y le dije: «Mira, podríamos estar hablando todo el día de todas estas cosas que están mal. Seguramente muchas de ellas son verdad. Pero ¿de verdad quieres gastar tu energía en esto?». Se quedó callado. No fue un silencio incómodo. Fue más bien uno de esos silencios que aparecen cuando una pregunta encuentra un lugar donde quedarse. Entonces añadí: «Mira, yo en esta vida he aprendido una cosa: hay gente buena y gente mala».

Después, al salir del hospital, seguí pensando en esa frase. Sé que puede resultar demasiado sencilla. Incluso puede sonar ingenua en un tiempo en el que nos hemos acostumbrado a matizarlo todo. Nos cuesta hablar del bien y del mal sin añadir inmediatamente una explicación que relativice ambas palabras. Y, sin embargo, sigo creyendo en ellas. Creo que hay gente buena y gente mala. No porque las buenas personas sean perfectas ni porque quienes hacen daño carezcan de cualquier cualidad. Todos somos contradictorios, todos hemos cometido errores y todos hemos tenido momentos de egoísmo, cobardía o injusticia. Pero también pienso que una vida acaba trazando una dirección. Hay personas que, de manera bastante constante, procuran no hacer daño, respetan al otro cuando podrían humillarlo, ayudan cuando pueden, sienten incomodidad ante el sufrimiento ajeno y conservan una especie de brújula interior que las devuelve una y otra vez hacia la dignidad de quienes tienen delante. Y hay personas que, por el contrario, se acostumbran a utilizar, despreciar, manipular o herir a los demás, especialmente cuando saben que pueden hacerlo sin pagar demasiado precio por ello.

Podremos discutir durante horas qué significa exactamente ser una buena persona. La filosofía lleva siglos haciéndolo y probablemente seguirá haciéndolo mientras existamos. Pero en la vida corriente solemos entendernos bastante bien cuando utilizamos esa expresión. Todos hemos conocido a alguien de quien hemos dicho alguna vez: «Es buena persona». Y casi nunca queremos decir que sea brillante, importante, rica o especialmente exitosa. Nos referimos a cómo trata a los demás. A lo que hace cuando nadie lo observa. A cómo se comporta con quien no puede ofrecerle nada a cambio. A si utiliza su fuerza para imponerse o para proteger. Incluso me atrevería a decir que conocemos mejor el carácter moral de una persona observando cómo trata a alguien vulnerable que viendo cómo se comporta ante aquellos de quienes necesita algo.

Quizá por eso un hospital sea uno de los lugares donde estas cosas se vuelven particularmente visibles. La enfermedad reduce muchas de nuestras defensas. Una persona que ayer organizaba su vida con absoluta autonomía puede necesitar hoy ayuda para levantarse, asearse, comer, ir al baño o simplemente comprender qué está ocurriendo con su cuerpo. De repente dependemos de desconocidos para cuestiones íntimas y elementales, y esa dependencia hace que algunos gestos que fuera del hospital podrían parecer insignificantes adquieran un peso enorme. Una enfermera que entra apresurada pero se toma unos segundos para explicar lo que está haciendo; una auxiliar que cierra una puerta antes de comenzar un aseo; un médico que vuelve a responder una pregunta porque comprende que el miedo no siempre nos permite escuchar bien a la primera; un celador que moviliza con delicadeza a alguien que siente dolor; una limpiadora que saluda por su nombre a la persona que lleva semanas ocupando la misma habitación. Nada de eso parece extraordinario. Probablemente nunca aparecerá en una estadística y pocas veces será contado fuera de allí. Pero una parte considerable de lo que llamamos humanidad se sostiene precisamente en esos gestos.

También sucede lo contrario. Una respuesta brusca, una intimidad expuesta innecesariamente, una mirada de desprecio o la sensación de que alguien nos trata como un problema que desea quitarse rápidamente de encima pueden permanecer mucho tiempo en la memoria de una persona enferma. El bien y el mal no siempre se presentan en acontecimientos grandiosos. A veces caben en una frase. En una forma de mirar. En decidir detenerse treinta segundos o pasar de largo. Y eso también explica por qué no me parece una ingenuidad seguir utilizando esas dos palabras. No hace falta imaginar grandes villanos ni héroes impecables. Buena parte del bien y del mal que experimentamos durante nuestra vida es mucho más ordinaria.

Pero aquella tarde no pretendía convencer a aquel ser doliente de que dejara de criticar el sistema sanitario. No creo que la serenidad consista en fingir que todo funciona correctamente. Hay hospitales que necesitan reformas, profesionales que trabajan en condiciones mejorables, ratios que deben revisarse, decisiones políticas que merecen ser cuestionadas y problemas estructurales que no se solucionan con paciencia ni con pensamientos positivos. La crítica es necesaria. Hay momentos incluso en los que protestar es una obligación. Una sociedad que deja de señalar aquello que funciona mal termina acostumbrándose peligrosamente a sus propias deficiencias. Mi pregunta iba por otro lado. Una cosa es reconocer una injusticia e intentar cambiarla y otra muy distinta permitir que todo aquello que está mal ocupe cada conversación, cada pensamiento y cada espacio que todavía nos queda para vivir.

Con el tiempo he aprendido que nuestra atención también es una forma de energía. Aquello a lo que prestamos atención acaba ocupando una parte de nuestra vida. Podemos dedicar horas a recordar a alguien que nos trató mal, a reconstruir mentalmente una conversación que ya terminó, a indignarnos una y otra vez por situaciones que en ese preciso instante no podemos modificar. A veces necesitamos hacerlo, porque pensar nos ayuda a comprender y la indignación puede empujarnos a actuar. Pero existe un punto, difícil de reconocer, en el que dejamos de pensar sobre un problema y empezamos a vivir dentro de él. Entonces aquello que nos hizo daño consigue algo más: ya tuvo aquel momento y ahora empieza a quedarse también con nuestra tarde, con nuestro descanso, con nuestras conversaciones e incluso con nuestra manera de mirar a otras personas que nada tuvieron que ver con lo sucedido.

Tal vez por eso la frase que pronuncié en aquella habitación tenía para mí un significado que iba más allá de clasificar personas. Si hay gente buena y gente mala, y si el bien y el mal se expresan a través de decisiones concretas, entonces nosotros también participamos diariamente de esa elección. No recibimos para siempre el título de buena persona. Hay que volver a elegir. Elegimos cuando tenemos poder sobre alguien, cuando estamos cansados, cuando nadie nos mira, cuando sería fácil devolver una mala contestación, cuando podríamos aprovechar una debilidad o cuando detenernos supone perder tiempo. Quizá ser buena persona no consista en vivir sin contradicciones, sino en haber elegido tantas veces el respeto, la honestidad, la compasión y la dignidad del otro que esas elecciones terminan convirtiéndose en una manera habitual de estar en el mundo.

Cuando salí del hospital, ninguno de los problemas que aquel gran hombre había enumerado había desaparecido. El edificio seguía necesitando lo que necesitara, la organización continuaba siendo la misma y los profesionales seguían trabajando con sus virtudes, sus cansancios y sus limitaciones. Pero la conversación sí había cambiado. Dejamos de hablar durante un rato de todo lo que estaba mal y volvimos a hablar de su vida, de cómo se encontraba, de cuándo esperaba regresar a casa y de algunas cosas pequeñas que únicamente tenían importancia para nosotros. No habíamos solucionado nada importante y, sin embargo, tampoco sentí que hubiéramos perdido el tiempo.

No quiero cerrar los ojos ante el mal. Al contrario, creo que debemos aprender a reconocerlo, porque lo que no sabemos nombrar termina normalizándose. Quiero poder señalar la injusticia cuando la vea y enfrentarme a ella cuando tenga alguna capacidad para hacerlo. Pero tampoco quiero regalarle más espacio del necesario. No quiero que una persona que actúa mal consiga además convertirme en alguien amargado. No quiero que la incompetencia me convenza de que todo el mundo es incompetente, ni que la crueldad de algunos termine haciéndome sospechar de cualquier gesto bondadoso. Sería concederle al mal una victoria demasiado grande.

Porque el bien también está ahí. Lo he visto muchas veces. En hospitales y fuera de ellos. En personas que hacen cosas extraordinariamente pequeñas sin esperar reconocimiento. En quien permanece cuando marcharse sería más cómodo. En quien protege una intimidad, en quien pide perdón, en quien devuelve una llamada, en quien escucha cinco minutos más, en quien podría aprovecharse y decide no hacerlo. Quizá esas personas no cambien el mundo entero, pero cambian el pequeño mundo de alguien durante unos minutos. Y a veces eso es muchísimo.

Por eso sigo creyendo en aquella frase que dije casi espontáneamente junto a una cama de hospital. Hay gente buena y gente mala. La vida me ha enseñado ambas cosas. Pero también me ha enseñado algo más: no siempre podemos escoger con quién nos encontraremos ni todo lo que sucederá a nuestro alrededor, pero sí podemos intentar decidir cuánto espacio concedemos a cada cosa y, sobre todo, de qué lado queremos situarnos nosotros cuando llegue el momento de elegir.

Quizá esa tarde de domingo la pregunta no era realmente si el hospital estaba bien o mal, ni siquiera si aquel hombre tenía razón en sus reproches. La pregunta era mucho más pequeña y, precisamente por eso, mucho más difícil: ¿en qué quieres gastar la energía que te queda hoy?

Porque el mal existe.

El bien también.

Y entre ambos transcurre, silenciosamente, buena parte de nuestra vida.