Hace unos días me encontré con un reel que afirmaba algo inquietante: trabajar de noche reduce la oxigenación cerebral de las enfermeras, empeora su rendimiento cognitivo y aumenta su ansiedad. El vídeo iba un poco más lejos y planteaba que esas alteraciones podían poner en riesgo también a los pacientes.

El titular llama la atención. Quizá porque quienes hemos conocido el trabajo nocturno reconocemos inmediatamente algo detrás de esas palabras.

Son las siete y media de la mañana. Quedan registros por cerrar, medicación que comprobar, información que transmitir al turno que llega. El cuerpo continúa funcionando. Hablas, decides, recuerdas, respondes. Incluso puedes bromear con los compañeros. Pero existe una sensación difícil de explicar: una parte de ti sabe que ya no piensa exactamente igual que unas horas antes.

No hace falta ningún estudio para saber que estamos cansados.

Lo interesante es descubrir qué está ocurriendo mientras seguimos cuidando.

Y entonces aparece una pregunta bastante más incómoda que la simple recomendación de dormir mejor:

¿Qué ocurre cuando pedimos a un profesional sanitario que tome algunas de las decisiones más delicadas precisamente cuando su propia fisiología está luchando contra el sueño?


Cuando el cuerpo trabaja contra su propio reloj

Los hospitales no pueden cerrar por la noche. La enfermedad no entiende de horarios, las urgencias continúan llegando y alguien tiene que permanecer junto a quien necesita cuidados.

El trabajo nocturno es, por tanto, inevitable en buena parte de la asistencia sanitaria.

Pero inevitable no significa biológicamente neutro.

Nuestro organismo mantiene ritmos circadianos que regulan el sueño, la temperatura, determinadas secreciones hormonales, el metabolismo y buena parte de los procesos relacionados con la vigilia y la atención. Trabajar cuando el cuerpo está preparado para dormir obliga a mantener actividad precisamente durante uno de los momentos fisiológicos de menor alerta.

La experiencia puede llevarnos a acostumbrarnos al turno. Podemos aprender estrategias, modificar horarios, utilizar café, descansar antes o desarrollar una considerable capacidad de adaptación. Pero acostumbrarse subjetivamente no significa necesariamente que el organismo haya dejado de pagar algún precio.

La literatura científica lleva años relacionando el trabajo por turnos y, especialmente, el nocturno con alteraciones del sueño, fatiga y cambios en el rendimiento. Una revisión y metaanálisis publicada en 2025, que reunió 22 estudios sobre enfermeras, encontró que el deterioro del rendimiento cognitivo y motor era mayor después de los turnos nocturnos que durante los diurnos, aunque con una considerable heterogeneidad entre investigaciones (1).

Y ahora tenemos un estudio español que permite acercarnos un poco más a lo que sucede dentro del cerebro.


Mirar el cerebro después de una noche de trabajo

En febrero de 2026, investigadores de la Universidad de Extremadura publicaron en Journal of Nursing Management un estudio realizado con 67 profesionales del área de enfermería de un servicio de Urgencias del Hospital Universitario de Badajoz.

Su diseño tiene una característica especialmente interesante: los participantes fueron estudiados en dos situaciones diferentes. Una vez al finalizar un turno nocturno de 22:00 a 8:00 y otra después de haber descansado una noche completa en casa, antes de comenzar un turno de tarde. Cada persona, por tanto, podía compararse consigo misma.

Los investigadores utilizaron espectroscopia de infrarrojo cercano —NIRS—, una técnica no invasiva que permite estimar la oxigenación regional de la corteza cerebral. Al mismo tiempo realizaron pruebas de fluidez verbal y evaluaron la ansiedad mediante instrumentos validados (2).

Los resultados fueron claros.

Después del turno nocturno, la oxigenación regional media de la corteza prefrontal pasó de 67,65 a 64,45. El rendimiento en la prueba de fluidez verbal descendió de 47,19 a 42,85 respuestas correctas, mientras que la ansiedad-estado aumentó significativamente. Las tres diferencias presentaron una significación estadística elevada (p < 0,001) y tamaños de efecto moderados (2).

Es un resultado interesante. Pero conviene decir inmediatamente lo que no significa.

El estudio no demuestra que el cerebro de una enfermera que trabaja de noche se esté quedando peligrosamente «sin oxígeno». Tampoco demuestra lesión cerebral, muerte neuronal ni daño neurológico.

La NIRS mide cambios regionales relacionados con la oxigenación y la hemodinámica cortical y se utiliza como indicador indirecto de actividad cerebral. Hablar simplemente de «falta de oxígeno en el cerebro» sería convertir un fenómeno fisiológico complejo en un titular espectacular.

La ciencia suele ser bastante menos rotunda que los reels. Y precisamente por eso resulta más interesante.


La corteza prefrontal: donde el cansancio empieza a importar

La región estudiada tampoco es cualquiera.

La corteza prefrontal participa en funciones que utilizamos constantemente durante el trabajo sanitario: atención, memoria de trabajo, planificación, inhibición de respuestas automáticas, razonamiento, flexibilidad cognitiva y toma de decisiones.

Es decir, exactamente aquello que necesitamos cuando debemos interpretar un cambio clínico, preparar una medicación, priorizar demandas simultáneas o detectar que algo aparentemente pequeño comienza a ir mal.

El estudio de 2026 tampoco aparece aislado. Cinco años antes, otro grupo de la Universidad de Extremadura había estudiado mediante NIRS a 74 profesionales de enfermería de cuidados intensivos. También encontró cambios en la actividad prefrontal y un peor rendimiento cognitivo asociados al turno nocturno (3).

Y el metaanálisis publicado en 2025 refuerza esa dirección: tras analizar 22 estudios, encontró un deterioro del rendimiento mayor en los turnos nocturnos que en los diurnos. Sus propios autores advierten, sin embargo, de una elevada heterogeneidad entre trabajos. No todas las noches son iguales, no todos los turnos duran lo mismo y no todos los profesionales responden de idéntica manera (1).

Esa última consideración importa.

Sería absurdo sustituir la romantización del trabajo nocturno por una especie de determinismo biológico. Una enfermera cansada no se convierte automáticamente en una profesional incapaz. El cerebro dispone de mecanismos compensatorios, la experiencia clínica protege, el trabajo en equipo ayuda y los sistemas sanitarios incorporan barreras de seguridad precisamente porque ninguna persona debería depender únicamente de su atención perfecta.

Pero tampoco deberíamos utilizar nuestra capacidad para resistir como argumento para ignorar nuestros límites.


¿Significa todo esto que cometemos más errores por la noche?

Aquí debemos ser especialmente rigurosos.

El estudio de Extremadura no investigó errores asistenciales. No midió equivocaciones en la administración de medicación, eventos adversos, mortalidad ni daños provocados a pacientes.

Por tanto, sería incorrecto afirmar que este trabajo ha demostrado que las enfermeras causan más errores después de una noche de guardia.

Lo que demuestra es otra cosa: después del turno nocturno se observaron peores resultados en determinadas variables neurofisiológicas, cognitivas y emocionales.

La preocupación por la seguridad aparece cuando este hallazgo se coloca junto a otras investigaciones.

En 2024, un estudio prospectivo siguió durante catorce jornadas laborales y no laborales a 90 enfermeras. La fatiga aumentó a medida que avanzaba el turno y las enfermeras nocturnas experimentaron una importante disminución de la alerta entre el comienzo y el final de la jornada. Además, niveles superiores de fatiga se asociaron con una mayor probabilidad de errores de medicación y situaciones de casi error —near misses— (4).

Una revisión sistemática previa también había identificado la fatiga, la privación de sueño, la sobrecarga laboral, los turnos nocturnos, las interrupciones y una dotación insuficiente de personal entre los factores relacionados con errores de medicación (5).

No significa que toda noche termine en un error.

Significa algo más razonable: la fatiga forma parte de las condiciones que pueden aumentar el riesgo.

Y la seguridad del paciente consiste precisamente en identificar riesgos antes de que terminen convirtiéndose en daño.


El error de convertir un problema estructural en autocuidado

Aquí es donde esta conversación se vuelve incómoda.

Ante los efectos del trabajo nocturno podemos recomendar al profesional que duerma mejor durante el día, evite pantallas, cuide su alimentación, controle el café, haga ejercicio, mantenga una habitación oscura y aprenda estrategias para manejar el estrés.

Todo ello puede ser útil.

Pero existe una frontera que no deberíamos cruzar.

El autocuidado no puede convertirse en la coartada con la que una organización evita preguntarse cómo está organizando el cuidado.

No podemos pedir al profesional que resuelva mediante resiliencia individual aquello que depende también de plantillas, rotaciones, cargas asistenciales, descansos, jornadas acumuladas y distribución de tareas.

Resulta revelador que el propio estudio de Extremadura sitúe sus resultados dentro de un contexto organizativo complejo: muchos participantes referían disponer de poco tiempo para realizar sus tareas, insatisfacción con la gestión de la unidad e intención de abandonar el servicio. Los investigadores concluyen que el trabajo nocturno debería abordarse fundamentalmente como un problema de sistema, no únicamente como una dificultad individual de adaptación (2).

La Organización Mundial de la Salud adopta una perspectiva similar. Entre los riesgos psicosociales de los trabajadores sanitarios incluye las jornadas prolongadas, el trabajo por turnos, la presión temporal, la falta de control y el apoyo insuficiente, y recomienda intervenciones organizativas sobre cargas laborales, horarios, comunicación y funcionamiento de los equipos (6).

Hay algo importante detrás de esta mirada: la seguridad no puede descansar sobre el heroísmo.


Dormir durante una guardia tampoco es una solución tan sencilla

El estudio aporta además un resultado curioso.

Los profesionales que habían dormido durante más tiempo en el turno mostraban una oxigenación cerebral algo mejor, pero no necesariamente un mejor rendimiento cognitivo. Quienes habían descansado más de dos horas obtuvieron incluso peores resultados en determinadas pruebas inmediatamente después.

Los investigadores plantean varias posibles explicaciones, entre ellas la llamada inercia del sueño: ese período después de despertarnos durante el cual podemos sentirnos lentos, desorientados o cognitivamente torpes. Sin embargo, ellos mismos dejan claro que no midieron objetivamente este fenómeno y que existen otras explicaciones posibles (2).

Por eso la respuesta tampoco consiste simplemente en «que las enfermeras duerman durante la noche».

Los descansos deben ser posibles, pero también estructurados, compatibles con la seguridad y pensados en relación con las tareas que vienen después.

El mismo estudio reconoce varias limitaciones importantes: el sueño fue comunicado por los propios participantes y no registrado objetivamente; no se midieron adecuadamente aspectos como la deuda previa de sueño, la fase circadiana o la inercia del sueño; y el diseño no permite demostrar causalidad. Sus autores piden estudios longitudinales y mediciones objetivas para comprender mejor el fenómeno (2).

Es una buena lección de prudencia científica.

Tenemos motivos suficientes para preocuparnos.

No para exagerar.


Cuidar también significa proteger a quien debe cuidar

Siempre habrá noches en los hospitales.

Probablemente siempre habrá profesionales que descubran incluso algo especial en ellas: otro ritmo, otros silencios, otra relación con los compañeros y con los pacientes.

El problema no es demonizar el turno nocturno.

El problema sería aceptar que sus efectos forman parte inevitable del oficio y no intentar reducirlos.

Podemos diseñar rotaciones menos agresivas para los ritmos circadianos. Podemos garantizar descansos razonables. Podemos evitar concatenaciones innecesarias de jornadas, disponer de plantillas suficientes y distribuir las tareas de mayor carga cognitiva teniendo en cuenta los momentos de máxima fatiga. Podemos desarrollar estrategias institucionales de gestión del cansancio y crear entornos donde reconocer que uno está agotado no sea interpretado como debilidad profesional.

La fatiga no demuestra falta de vocación.

Demuestra que seguimos siendo organismos humanos.

Y quizá esa sea precisamente la cuestión ética que este estudio pone delante de nosotros.

Pedimos a enfermeras, médicos, técnicos, auxiliares y otros profesionales que durante toda la noche vigilen cuerpos frágiles, detecten cambios sutiles, administren tratamientos con precisión y respondan con rapidez cuando algo se complica.

Es razonable exigir competencia.

Es razonable exigir responsabilidad.

Pero también debería ser razonable que las instituciones se pregunten en qué condiciones fisiológicas están pidiendo ejercer ambas cosas.


Cuando llega la mañana

A las ocho de la mañana el hospital no se detiene.

Unos profesionales llegan y otros comienzan a marcharse. Se transmiten nombres, tratamientos, incidencias, preocupaciones. Una noche entera termina reducida a unos minutos de relevo.

Después alguien atraviesa la puerta del hospital y sale a una ciudad que acaba de despertarse.

La gente entra en las cafeterías, lleva a sus hijos al colegio, comienza su jornada. Para quien ha trabajado toda la noche ocurre exactamente lo contrario: el cuerpo pide detenerse cuando el mundo empieza a moverse.

Y quizá ahí deberíamos recordar algo sencillo.

Quienes cuidan tampoco quedan fuera de las leyes de la biología por llevar un uniforme.

La seguridad del paciente necesita conocimiento, responsabilidad y buenos profesionales. Pero también necesita organizaciones suficientemente maduras para reconocer que incluso la mejor enfermera tiene un cerebro que necesita dormir.

Tal vez la pregunta no sea cuánto cansancio somos capaces de soportar.

Tal vez debamos preguntarnos cuánto cansancio es éticamente razonable exigir a quien tiene en sus manos el cuidado de otra persona.


Referencias bibliográficas

  1. Ulupınar F, Ulupınar S. Effects of shift work on cognitive and motor performance in nurses: a systematic review and meta-analysis. Worldviews Evid Based Nurs. 2025;22(5):e70078. doi:10.1111/wvn.70078. Disponible en: PubMed
  2. Casas-Méndez C, Martín-Parrilla MÁ, Cáceres MC, Montanero-Fernández J, López-Jurado CF, Durán-Gómez N. Effects of night shifts on sleep, cognitive performance, and anxiety in emergency nurses: an observational within-subject study. J Nurs Manag. 2026;2026:1635579. doi:10.1155/jonm/1635579. Disponible en: PubMed
  3. Durán-Gómez N, Guerrero-Martín J, Pérez-Civantos D, López-Jurado CF, Montanero-Fernández J, Cáceres MC. Night shift and decreased brain activity of ICU nurses: a near-infrared spectroscopy study. Int J Environ Res Public Health. 2021;18(22):11930. doi:10.3390/ijerph182211930. Disponible en: PubMed
  4. Farag A, Gallagher J, Carr L. Examining the relationship between nurse fatigue, alertness, and medication errors. West J Nurs Res. 2024;46(4):288-295. doi:10.1177/01939459241236631. Disponible en: PubMed
  5. Di Muzio M, Dionisi S, Di Simone E, Cianfrocca C, Di Muzio F, Fabbian F, et al. Can nurses’ shift work jeopardize patient safety? A systematic review. Eur Rev Med Pharmacol Sci. 2019;23(10):4507-4519. doi:10.26355/eurrev_201905_17963. Disponible en: PubMed
  6. World Health Organization. Psycho-social risks and mental health: occupational hazards in the health sector. Geneva: WHO. Disponible en: Organización Mundial de la Salud


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