Hay sufrimientos que no sabemos reconocer hasta que alguien pronuncia una frase que nos obliga a mirar aquello que llevábamos demasiado tiempo evitando.
Una habitación en Seúl
El siguiente fragmento pertenece al primer capítulo de una novela que estoy escribiendo. La escena transcurre en Seúl, en noviembre de 2014, y forma parte de una historia sobre la vulnerabilidad humana, la búsqueda de sentido y las heridas que a veces intentamos dejar atrás sin comprenderlas.
«CAPÍTULO 1 – COREA
Seúl, Corea del Sur · noviembre de 2014
Hay frases que no se oyen con los oídos.
Entran por otro sitio. Por la nuca, por el estómago, por esa parte del cuerpo donde uno guarda las cosas que todavía no sabe nombrar. Luego pasan los años, cambia la ciudad, cambian las camas, cambian los inviernos, y la frase sigue ahí, intacta, sin haber envejecido. No porque sea importante en sí misma, sino porque abrió una puerta que ya no pude volver a cerrar.
Ella me miró desde el otro lado de la habitación y dijo:
—¿Y por qué no nos suicidamos juntos?
No lo gritó. Eso fue lo peor.
Cuando una frase terrible se grita, al menos parece incendio: uno puede apartarse, cubrirse la cara, esperar a que el fuego se consuma. Aquella no. Aquella vino como una posibilidad razonada, casi doméstica, como quien propone no salir a cenar porque hace frío. Durante un segundo —quizá fueron dos, quizá fue una vida entera metida en un segundo— no entendí las palabras. Las reconocí, pero no las entendí. Me llegaron en un inglés cansado, roto por el miedo y por otra lengua, y se quedaron suspendidas entre los dos, en medio de aquel piso de Seúl donde todo parecía haber perdido su peso.
No voy a contar quién era. Diré solo que aprendí a desaparecer dentro de otra persona, y que tardé en entender que eso también es una forma de morirse.
No fue culpa suya solamente. Esa habría sido la mentira fácil: dejar toda la ruina al otro lado de la cama y salir limpio. Yo también estaba allí. Yo también había cedido terreno. Había confundido amor con rescate, intensidad con destino, dependencia con hondura. Durante demasiado tiempo llamé amor a una habitación cerrada porque fuera hacía frío. Me quedé no porque quisiera, sino porque ya no recordaba cómo se abría una puerta sin pedir permiso.»
Lo que una frase no alcanza a contar
Cuando escribí esta escena, no quería hablar únicamente del suicidio. Quería acercarme a ese territorio difícil de la experiencia humana donde el sufrimiento deja de expresarse mediante grandes acontecimientos y empieza a instalarse en las cosas pequeñas: una noche sin dormir, una conversación que se repite, una relación que ya no ofrece refugio, el miedo a marcharse o la sensación de haber perdido la propia identidad.
Quería escribir, sobre todo, acerca de lo que sucede cuando dejamos de reconocernos en nuestra propia vida.
La muchacha de Corea no tiene nombre en este fragmento. Tampoco conocemos su historia ni las circunstancias que la condujeron a pronunciar aquellas palabras. Sería injusto convertirla en una villana o reducirla a un diagnóstico que nadie ha realizado. Sabemos, sencillamente, que expresa algo terrible y que Yago recibe sus palabras desde una situación de profundo agotamiento emocional.
La literatura puede permitirse conservar esa incertidumbre. La vida real, sin embargo, nos impone una responsabilidad adicional: cuando alguien habla de morir, no podemos quedarnos únicamente con nuestra interpretación de lo que quiso decir.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) nos recuerda que el suicidio es un fenómeno complejo y multifactorial, en el que intervienen circunstancias psicológicas, sociales, culturales, biológicas y ambientales. No existe una explicación única capaz de abarcar todas las historias. Tampoco sería correcto atribuir una crisis suicida exclusivamente a una ruptura sentimental, a una discusión o a un acontecimiento concreto, aunque determinadas experiencias puedan actuar como desencadenantes en situaciones de vulnerabilidad (1).
Quizá uno de nuestros errores más persistentes sea exigir al sufrimiento una explicación sencilla para poder comprenderlo sin demasiada incomodidad.
Cuando el amor deja de ser un refugio
Hay una frase de Yago que me parece tan importante como la pregunta que desencadena la escena: había confundido amor con rescate.
Es una confusión profundamente humana.
En ocasiones, especialmente cuando sentimos que alguien a quien queremos está sufriendo, empezamos a creer que amar consiste en conseguir que deje de sufrir. Nos atribuimos una responsabilidad desmesurada sobre su bienestar y, sin advertirlo, vamos confundiendo la cercanía con la obligación, el compromiso con la renuncia y la compasión con el sacrificio de nosotros mismos.
Pero las relaciones afectivas no pueden sostenerse únicamente sobre la necesidad de ser salvados.
Dos personas pueden quererse y, aun así, no saber cuidarse. Pueden compartir intimidad y sentirse profundamente solas. Pueden desear permanecer juntas mientras la relación se convierte en una fuente constante de sufrimiento. Reconocerlo no significa negar el amor que haya existido, sino aceptar que el amor, por sí solo, no garantiza la salud emocional de quienes lo viven.
Desde una perspectiva ética, cuidar a alguien nunca debería exigir desaparecer como persona. La compasión necesita límites, del mismo modo que el respeto necesita reconocer la autonomía y la dignidad de ambos.
Y esto es especialmente importante cuando aparece una amenaza para la propia vida. Escuchar, acompañar y buscar ayuda son expresiones de cuidado; asumir en soledad la responsabilidad absoluta de mantener viva a otra persona no es una obligación que nadie deba soportar.
Hay dolores que no hacen ruido
A menudo imaginamos el sufrimiento psicológico mediante signos evidentes: el llanto, la desesperación, las crisis visibles o las palabras pronunciadas con angustia. Sin embargo, no todas las personas expresan su malestar del mismo modo. Algunas continúan trabajando, sonriendo, cuidando de sus familias o cumpliendo sus responsabilidades mientras atraviesan una experiencia de profundo desamparo.
La serenidad aparente tampoco garantiza que alguien esté bien.
Por eso resulta tan inquietante la manera en que la muchacha de la novela formula su propuesta. No es el volumen de su voz lo que determina la gravedad de lo que dice. Es el contenido de sus palabras y la posibilidad de que detrás de ellas exista un sufrimiento que necesita atención.
En nuestra vida cotidiana seguimos utilizando expresiones que, aunque a menudo se pronuncian sin mala intención, pueden cerrar las puertas de una conversación necesaria: «No será para tanto», «tienes que poner de tu parte», «hay gente que está peor», «lo que necesitas es distraerte».
No siempre sabemos qué decir ante el dolor ajeno. A veces esas frases nacen precisamente de nuestra impotencia. Pero acompañar no consiste en apresurarse a encontrar una respuesta tranquilizadora. Consiste, en primer lugar, en reconocer que hay algo importante que todavía no comprendemos.
La investigación respalda el valor de los vínculos de apoyo. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024, que reunió 118 estudios y más de 690.000 participantes, encontró una asociación entre un mayor apoyo social y una menor presencia de ideación y conductas suicidas. Sus autores advierten, no obstante, que buena parte de la evidencia es observacional y presenta heterogeneidad, por lo que no podemos interpretar esa asociación como una garantía individual de protección (2).
Tener a alguien cerca importa. Pero también importa cómo estamos cerca.
Preguntar también es cuidar
Existe un temor frecuente cuando alguien expresa ideas relacionadas con la muerte: pensar que hablar directamente del suicidio puede empeorar la situación o introducir una idea que antes no existía.
La evidencia disponible no respalda ese temor. El Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos señala que preguntar de forma directa y respetuosa si una persona está pensando en suicidarse no provoca ni incrementa por sí mismo esos pensamientos. Al contrario, puede facilitar la identificación de una situación de riesgo y abrir una vía hacia la ayuda (3).
Esto no significa convertir una conversación íntima en un interrogatorio. Significa no esconder una preocupación importante detrás de rodeos que puedan dejarnos a todos más solos.
Podemos escuchar sin juzgar, preguntar sin invadir y ofrecer ayuda sin prometer soluciones que no están en nuestras manos. Y, cuando existe riesgo, debemos favorecer una valoración profesional y un entorno de seguridad adecuado.
Las recomendaciones clínicas insisten en la importancia de una atención individualizada, respetuosa y libre de estigmas, centrada en comprender las necesidades de cada persona y acordar medidas de cuidado y seguridad (4).
En el ámbito sanitario sabemos que ninguna técnica sustituye por completo la calidad del encuentro humano. Una valoración puede ser rigurosa y, al mismo tiempo, profundamente compasiva. La persona que tenemos delante no es solamente un conjunto de síntomas o factores de riesgo: es alguien cuya vida continúa teniendo dignidad incluso cuando ha perdido la capacidad de reconocer su propio valor.
La responsabilidad de mirar sin convertir el dolor en espectáculo
Quienes escribimos sobre salud mental tenemos una responsabilidad particular. Podemos contribuir a comprender el sufrimiento o transformarlo, involuntariamente, en un espectáculo emocional.
La OMS ha advertido de que la forma de comunicar el suicidio puede influir en la prevención. Recomienda evitar el sensacionalismo y prestar atención a las historias de afrontamiento, búsqueda de ayuda y recuperación (5).
Por eso he querido que esta reflexión comenzara con una escena literaria y no con una cifra. Las estadísticas son imprescindibles para dimensionar un problema de salud pública, pero ninguna estadística nos explica por completo lo que sucede dentro de una habitación cuando dos personas dejan de encontrar palabras para su sufrimiento.
Al mismo tiempo, la belleza literaria no debe romantizar la desesperación. El dolor puede inspirar una obra, pero no necesita ser hermoso para merecer atención. Tampoco convierte a quien lo padece en alguien moralmente superior, más profundo o más auténtico.
El sufrimiento, por sí mismo, no ennoblece. Lo que puede transformarnos es la manera en que aprendemos a comprenderlo, atenderlo y acompañarlo.
El derecho a seguir viviendo sin tener todas las respuestas
El Día Mundial de la Salud Mental se conmemora cada 10 de octubre. Han pasado unos días y probablemente buena parte de los mensajes, campañas y publicaciones de este año ya han dejado de circular.
Pero las personas que sufren continúan ahí.
Siguen estando en nuestras casas, en los centros de salud, en los hospitales, en los lugares de trabajo y, con demasiada frecuencia, también detrás de una normalidad que nadie se ha detenido a cuestionar.
Quizá el verdadero valor de una jornada dedicada a la salud mental no deba medirse por la cantidad de mensajes que compartimos durante veinticuatro horas, sino por nuestra capacidad para seguir mirando cuando desaparece la atención pública.
Mirar a quien se encuentra cerca. Escuchar aquello que incomoda. Reconocer nuestros propios límites. Aceptar que pedir ayuda no nos hace menos capaces de vivir, sino más conscientes de nuestra vulnerabilidad compartida.
Y recordar algo que a veces olvidamos: una persona no necesita haber encontrado un sentido definitivo a su existencia para merecer que la ayudemos a conservarla.
En este libro que estoy tratando de escribir, Yago tendrá que recorrer muchos lugares antes de comprender algunas de las preguntas que comienzan a formularse en aquella habitación de Seúl. Su historia no pretende ofrecer respuestas sencillas sobre el amor, el sufrimiento o la redención. Es, entre otras cosas, la historia de alguien que intenta aprender a mirar después de descubrir que llevaba demasiado tiempo sin verse a sí mismo.
Tal vez esa sea también una de las tareas más difíciles del cuidado: reconocer que, detrás de la vida que creemos conocer de otra persona, siempre queda una parte a la que todavía no hemos sabido acercarnos.
Y que a veces, antes de encontrar una respuesta, lo más humano que podemos hacer es permanecer lo suficientemente cerca para que esa persona no tenga que afrontar sola su pregunta.
Nota: Si estás atravesando una situación de sufrimiento emocional intenso o tienes pensamientos relacionados con el suicidio, no tienes que afrontarlo en soledad. En España, el 024 ofrece atención gratuita, confidencial y permanente a las personas con ideación suicida, sus familiares y allegados. Ante un peligro inmediato para la vida, llama al 112. El 024 no sustituye la atención sanitaria presencial cuando esta es necesaria (6).
Referencias bibliográficas
- World Health Organization. Suicide [Internet]. Geneva: WHO; 2026 [citado 19 oct 2026]. Disponible en: https://www.who.int/news-room/fact-sheets/detail/suicide/
- Darvishi N, Farhadi M, Poorolajal J. The role of social support in preventing suicidal ideations and behaviors: a systematic review and meta-analysis. J Res Health Sci. 2024;24(2). doi:10.34172/jrhs.2024.144. Disponible en: https://doi.org/10.34172/jrhs.2024.144
- National Institute of Mental Health. Frequently asked questions about suicide [Internet]. Bethesda: NIMH. Disponible en: https://www.nimh.nih.gov/health/publications/suicide-faq
- National Institute for Health and Care Excellence. Self-harm: assessment, management and preventing recurrence. NICE guideline NG225 [Internet]. London: NICE; 2022. Disponible en: https://www.nice.org.uk/guidance/ng225/chapter/Recommendations
- World Health Organization. Preventing suicide: a resource for media professionals, update 2023 [Internet]. Geneva: WHO; 2023. Disponible en: https://www.who.int/publications/i/item/9789240076846
- Ministerio de Sanidad. 024. Línea de atención a la conducta suicida [Internet]. Madrid: Gobierno de España. Disponible en: https://www.sanidad.gob.es/linea024/home.htm
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