Hay algo desconcertante en nuestra manera de vivir. Podemos pasar meses deseando una casa, un trabajo, un viaje, una pareja, perder diez kilos, ganar más dinero, terminar una carrera, publicar un libro o, sencillamente, que llegue el viernes. Mientras esperamos, estamos bastante convencidos de que cuando aquello ocurra estaremos mejor.
Y muchas veces tenemos razón.
Conseguimos el trabajo y nos alegramos. Llegan las vacaciones y respiramos. Compramos aquello que llevábamos tanto tiempo deseando y durante unos días sentimos una pequeña euforia. El problema es que dura bastante menos de lo que habíamos imaginado.
La casa nueva empieza a parecernos simplemente nuestra casa. El coche pierde el olor a coche nuevo. El viaje que llevábamos un año preparando termina convertido en cientos de fotografías que quizá nunca volvamos a mirar. El viernes llega, pasa y el lunes reaparece con una puntualidad irritante.
Entonces sucede algo todavía más curioso: aparece otra cosa.
Otro objetivo. Otra preocupación. Algo nuevo que mejorar, comprar, resolver o alcanzar.
Y volvemos a empezar.
Cuando conseguir algo no basta
Arthur Schopenhauer llevaba más de doscientos años muerto cuando la psicología empezó a estudiar sistemáticamente algunas de estas experiencias, pero probablemente no le habría sorprendido demasiado lo que hemos ido descubriendo.
Nacido en Danzig en 1788, en una familia acomodada vinculada al comercio, Schopenhauer terminó abandonando el futuro mercantil que su padre había imaginado para él y se dedicó a intentar comprender una cuestión bastante más difícil: qué significa estar vivo en un mundo en el que parece que nunca terminamos de estar satisfechos (1).
Su respuesta no fue precisamente optimista.
Para Schopenhauer, detrás de nuestra existencia actúa lo que denominó la voluntad: un impulso profundo, ciego e insaciable que nos empuja continuamente a querer, conservar, buscar y perseguir. No se refería a la fuerza de voluntad de quien decide levantarse temprano o ponerse a dieta. Hablaba de algo mucho más elemental: ese movimiento interior por el cual siempre parece existir algo que todavía necesitamos.
Tengo hambre y quiero comer. Me siento solo y quiero compañía. No tengo dinero y quiero tenerlo. Cuando lo tengo, quiero más seguridad. Quiero una casa; después quiero una casa mejor. Quiero adelgazar; después quiero ganar músculo. Quiero que llegue el verano y, cuando llevamos varios días a cuarenta grados, empiezo a mirar noviembre con bastante cariño.Cambian los objetos. El mecanismo permanece.
Para Schopenhauer, desear significa experimentar de algún modo una carencia. Mientras aquello que queremos no llega, existe una tensión. Cuando finalmente lo conseguimos, la tensión desaparece durante un tiempo. Pero precisamente porque ese deseo ya ha sido satisfecho, pierde su capacidad de ocuparnos y deja sitio a otro.
De ahí surge una de las intuiciones más incómodas de su filosofía: la vida puede oscilar entre el deseo insatisfecho y el aburrimiento que aparece cuando ya no hay nada urgente que perseguir (1).
Es una visión dura. Pero contiene una observación difícil de ignorar.
La psicología encontró algo parecido
Hoy utilizamos un concepto mucho menos sombrío para describir una parte de este fenómeno: adaptación hedónica.
Las personas tendemos a acostumbrarnos, al menos parcialmente, tanto a muchas circunstancias favorables como desfavorables. Algo que inicialmente produce una intensa emoción puede integrarse poco a poco en nuestra normalidad. La investigación contemporánea, además, ha matizado la antigua idea de una «cinta de correr hedónica» que nos devolvería inevitablemente al mismo nivel de felicidad: no todas las personas se adaptan igual, no todos los acontecimientos producen el mismo efecto y algunos cambios pueden modificar de forma duradera nuestro bienestar (2).
Pero la intuición básica permanece: somos extraordinariamente capaces de convertir lo extraordinario en cotidiano.
Existe además otra distinción particularmente sugerente. La neurociencia de la recompensa ha mostrado que querer algo y disfrutarlo no son exactamente el mismo proceso. Los sistemas cerebrales implicados en la motivación que nos impulsa hacia una recompensa pueden diferenciarse de aquellos relacionados con el placer que experimentamos al obtenerla (3).
Dicho de una manera menos técnica. Podemos querer mucho algo que, una vez conseguido, no nos proporciona proporcionalmente el bienestar que habíamos imaginado.
Tal vez por eso conocemos tan bien esa sensación extraña de llegar a un lugar largamente deseado y pensar: «¿Y ya está?».
No significa que aquella casa, aquel trabajo o aquella relación fueran errores. Quizá el error era otro: haberles pedido que resolvieran algo que no podían resolver.
Satisfacción no es lo mismo que sentido
Aquí es donde Schopenhauer se encuentra, de una manera inesperada, con Viktor Frankl.
Schopenhauer podría preguntarnos:
¿Por qué nunca dejamos de querer?
Frankl introduciría una pregunta distinta:
¿Para qué queremos aquello que queremos?
La diferencia importa.
Porque una cosa es satisfacer un deseo y otra muy distinta encontrar sentido.
La psicología contemporánea suele describir el sentido vital mediante dimensiones como la coherencia —sentir que nuestra vida tiene cierta inteligibilidad—, el propósito —tener una dirección hacia la que orientarnos— y la significación —percibir que nuestra existencia posee valor— (4).
Ninguna de esas dimensiones exige estar permanentemente satisfecho.
Podemos atravesar cansancio, incertidumbre, frustraciones e incluso pérdidas y, sin embargo, sentir que nuestra vida merece la pena. Del mismo modo, una persona puede disponer de comodidad, reconocimiento y numerosos deseos satisfechos y preguntarse en silencio qué sentido tiene todo aquello.
Frankl construyó buena parte de la logoterapia alrededor de esa búsqueda. Para él, el ser humano no se orienta únicamente hacia el placer o hacia la eliminación del malestar; también necesita descubrir un «para qué», algo o alguien hacia lo que dirigir su existencia (5).
Quizá por eso algunos logros nos producen alegría pero no necesariamente profundidad.
La satisfacción responde muchas veces a la pregunta «¿qué quiero?».
El sentido empieza cuando nos atrevemos a preguntar «¿para qué?».
Desear sin convertir el deseo en salvación
No creo que la solución sea dejar de desear.
Sería una conclusión demasiado sencilla y, probablemente, poco humana.
Hay algo hermoso en proyectarnos hacia el futuro. Queremos aprender, construir una casa, enamorarnos, viajar, mejorar nuestro cuerpo, cuidar de nuestros hijos, escribir un libro, cambiar de trabajo o intentar algo que todavía no sabemos si conseguiremos.
El deseo también mueve la vida.
El problema aparece cuando convertimos alguno de esos deseos en una promesa de salvación.
«Cuando adelgace, estaré bien».
«Cuando encuentre pareja, dejaré de sentirme solo».
«Cuando tenga dinero suficiente, podré empezar a disfrutar».
«Cuando termine este proyecto, viviré tranquilo».
«Cuando llegue aquello, empezaré realmente a vivir».
Y así podemos pasar años habitando una especie de vida provisional.
Quizá la cuestión sea aprender algo mucho más difícil: desear sin concederle a cada deseo la responsabilidad de salvarnos.
Puedes querer una casa mejor sin esperar que esa casa resuelva tu existencia. Puedes aspirar al éxito sin pedirle que decida cuánto vales. Puedes querer ser amado sin exigirle a otra persona que rellene todas tus grietas. Puedes cuidar tu cuerpo sin esperar que algún día el espejo te conceda definitivamente permiso para sentirte suficiente.
Puedes querer más sin despreciar constantemente aquello que ya tienes.
Schopenhauer pensaba que existían algunos momentos en los que esa voluntad incansable aflojaba. Uno era la experiencia estética: contemplar una obra de arte, escuchar música o quedar absorbidos por algo bello sin preguntarnos qué utilidad podemos obtener de ello. Otro era la compasión, porque reconocer el sufrimiento compartido nos permite abandonar, aunque sea por un instante, el pequeño territorio de nuestros propios intereses (1).
Quizá siga habiendo algo profundamente cierto ahí.
Hay momentos en los que no estamos produciendo, consiguiendo, mejorando ni acumulando nada y, sin embargo, sentimos que estamos exactamente donde debemos estar.
Una conversación que se alarga después de comer. Una mano conocida sobre la mesa. Caminar cuando todavía podemos hacerlo. Escuchar una canción sin hacer nada más. Mirar a alguien querido mientras habla. Sentarnos frente al mar y no necesitar que el mar nos ofrezca absolutamente nada.
No hemos conseguido nada.
Pero quizá durante un instante tampoco nos falta nada.
Tal vez nunca lleguemos, y quizá no haga falta
Cuando miro hacia atrás y pienso en mi propia vida, reconozco algo que durante mucho tiempo me ha costado admitir: he vivido demasiadas veces pendiente de lo siguiente. Terminar unos estudios, encontrar mi lugar profesional, alcanzar cierta estabilidad, sacar adelante un proyecto, escribir aquello que llevo tiempo queriendo contar o mejorar aspectos de mí mismo con los que todavía no estoy satisfecho. Siempre ha habido una meta esperándome un poco más adelante y, casi sin darme cuenta, he terminado convirtiendo algunas etapas de mi vida en una preparación para las que todavía no habían llegado.
No me arrepiento de haber perseguido mis sueños. Muchos me han exigido sacrificios y me han permitido llegar a ser quien soy. Pero también he descubierto que cumplirlos no siempre trae la serenidad que imaginábamos. A veces, después de alcanzar algo que parecía tan importante, apenas nos concedemos tiempo para disfrutarlo antes de empezar a preocuparnos por lo siguiente. Y me pregunto cuántas veces habré hecho precisamente eso, estar tan ocupado construyendo mi futuro que he olvidado detenerme a reconocer mi presente.
Mi profesión como enfermero me ha enseñado algo que los libros de filosofía pueden explicar, pero que adquiere otra dimensión cuando uno se encuentra frente a la vulnerabilidad humana. He aprendido que hay cosas cuyo valor resulta imposible medir mientras las conservamos. Poder levantarnos de la cama sin ayuda, caminar sin dolor, respirar con tranquilidad, regresar a casa o escuchar la voz de alguien querido son experiencias tan habituales que rara vez nos detenemos a agradecerlas. Sin embargo, cuando la enfermedad, el sufrimiento o la pérdida amenazan con arrebatárnoslas, comprendemos que buena parte de nuestra felicidad descansaba precisamente sobre aquello que considerábamos más ordinario.
Hay algo profundamente conmovedor en pensar que algunos de los días que hoy vivimos con indiferencia pueden convertirse, dentro de unos años, en recuerdos a los que quisiéramos regresar. Tal vez echemos de menos una conversación que ahora nos parece repetitiva, una llamada que atendemos con prisas o aquella tarde en la que no ocurrió absolutamente nada especial. No porque todo tiempo pasado fuera mejor, sino porque habrá personas, lugares y momentos que el paso de los años habrá vuelto irrecuperables.
Y no quisiera comprenderlo demasiado tarde.
Todavía tengo sueños, inquietudes y proyectos. Quiero seguir aprendiendo, escribiendo, cuidando, mejorando y descubriendo cuanto la vida pueda ofrecerme. Sé que habrá objetivos que alcanzaré y otros que quedarán por el camino. También sé que cometeré errores, que volveré a impacientarme y que probablemente seguiré deseando cosas que hoy ni siquiera imagino. No aspiro a convertirme en alguien que ha dejado de querer. Aspiro, sencillamente, a no olvidar lo que tengo mientras persigo lo que me falta.
Porque hay algo que ninguna conquista futura podrá devolverme: el tiempo que no supe vivir con quienes estaban a mi lado. Puedo recuperar una oportunidad profesional, retomar un proyecto abandonado o empezar de nuevo después de un fracaso. Pero no puedo regresar a una tarde que ya pasó, repetir una conversación que nunca tuve ni recuperar indefinidamente los años que la vida va dejando atrás.
Y quizá sea esta la reflexión más íntima que me deja todo este recorrido, durante demasiado tiempo he pensado que vivir plenamente consistía en llegar a algún lugar. Ahora empiezo a sospechar que también consiste en aprender a reconocer cuándo merece la pena detenerse.
No sé cuántos sueños me quedan por cumplir ni qué me espera al otro lado de los años. Pero hay algo que deseo profundamente: que cuando llegue el momento de mirar atrás, no descubra que pasé buena parte de mi existencia esperando una vida mejor mientras la mía, con todas sus imperfecciones y toda su belleza, transcurría silenciosamente ante mis ojos.
Porque lo que más me dolería no sería recordar los sueños que no conseguí cumplir, sino descubrir que, mientras corría detrás de ellos, apenas tuve tiempo de abrazar la vida que sí tuve.
Referencias
- Wicks R. Arthur Schopenhauer. The Stanford Encyclopedia of Philosophy. 2021. Disponible en: Stanford Encyclopedia of Philosophy
- Diener E, Lucas RE, Scollon CN. Beyond the hedonic treadmill: revising the adaptation theory of well-being. Am Psychol. 2006;61(4):305-314. doi:10.1037/0003-066X.61.4.305. Disponible en: PubMed
- Berridge KC, Robinson TE. Liking, wanting, and the incentive-sensitization theory of addiction. Am Psychol. 2016;71(8):670-679. doi:10.1037/amp0000059. Disponible en: PubMed Central
- Martela F, Steger MF. The three meanings of meaning in life: distinguishing coherence, purpose, and significance. J Posit Psychol. 2016;11(5):531-545. doi:10.1080/17439760.2015.1137623. Disponible en: Repositorio académico de North-West University
- Viktor Frankl Institute Vienna. Logotherapy and Existential Analysis. Vienna: Viktor Frankl Institute; s. f. Disponible en: Viktor Frankl Institute Vienna
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