Dos adolescentes se colocan frente a frente en mitad de una plaza. A su alrededor, decenas de jóvenes levantan el móvil. No van a pelearse. Tampoco van a improvisar versos ni a disputar una batalla de baile en el sentido tradicional. Uno hace un gesto, adopta una pose, reproduce un meme. El otro responde. El público ríe, reconoce las referencias y decide quién ha ganado.
Quién tiene más aura.
Visto desde fuera, especialmente desde cierta edad, puede parecer una soberana tontería. Tal vez lo sea. Pero a veces las tonterías de una generación dicen cosas bastante serias sobre el mundo en el que esa generación está creciendo.
Porque mientras contemplaba este fenómeno pensé que quizá la pregunta interesante no sea por qué los jóvenes quieren «farmear aura», sino por qué hemos construido una sociedad en la que casi todo parece necesitar una puntuación.
Una palabra nueva para una necesidad muy antigua
Farmear procede del lenguaje de los videojuegos: repetir determinadas acciones para acumular recursos, experiencia o puntos. En internet, el aura se ha convertido en una manera irónica de hablar del carisma, la seguridad, el estilo o esa presencia difícil de explicar que hace que alguien parezca interesante sin demasiado esfuerzo (1).
Oxford University Press llegó a incluir aura farming entre las tres expresiones finalistas para su Palabra del Año 2025, definiéndola como el cultivo deliberado de una imagen pública atractiva, carismática o segura mediante determinados comportamientos o formas de presentarse (2).
Durante 2026, además, el juego ha saltado de la pantalla a la calle. En distintos países se han organizado encuentros donde adolescentes y jóvenes compiten mediante poses, gestos, memes y referencias de la cultura digital mientras el público decide quién merece más «aura» (1).
El vocabulario es nuevo. La necesidad que hay debajo, no.
Los seres humanos llevamos miles de años intentando descubrir qué lugar ocupamos entre los demás. Buscamos reconocimiento, pertenencia, prestigio, aceptación. Queremos gustar, ser respetados, sentir que nuestra presencia significa algo dentro del grupo. Y durante la adolescencia, cuando todavía se está construyendo buena parte de la identidad, esa mirada ajena adquiere una importancia especial.
Lo novedoso quizá sea que ahora hemos aprendido a imaginar esa mirada como un marcador.
+1000 de aura.
−500 de aura.
Como si incluso el carisma pudiera contabilizarse.
Crecer mirándose desde fuera
Construir la identidad siempre ha implicado probarse delante de otros. Cambiar de ropa, escuchar determinada música, adoptar expresiones, pertenecer a una tribu, rebelarse contra los adultos. Cada generación ha tenido sus códigos.
Las redes sociales añaden, sin embargo, algo particular: esa representación de uno mismo puede ser observada, comparada y evaluada continuamente.
Una revisión sistemática que reunió 32 estudios y casi 20.000 participantes encontró precisamente que, para el desarrollo de la identidad adolescente, parece importar más qué se hace en las redes sociales que cuánto tiempo se permanece en ellas. La expresión auténtica se relacionó con una mayor claridad del autoconcepto, mientras que la comparación social se asoció con mayor malestar relacionado con la identidad (3).
Esto obliga a evitar simplificaciones. El problema no es que un adolescente publique una fotografía, baile delante de una cámara o quiera gustar a sus amigos. Buscar reconocimiento forma parte del desarrollo humano.
La dificultad aparece cuando la pregunta «¿quién soy?» empieza a ser sustituida por otra: «¿qué tengo que hacer para que los demás piensen que valgo?».
Ahí la identidad comienza a construirse demasiado desde fuera.
Y quizá por eso la expresión «puntos de aura» resulta tan sugerente. Vivimos rodeados de métricas. Contamos seguidores, pasos, calorías, visualizaciones, reproducciones, contactos, rendimiento y alcance. Poco a poco hemos aprendido también a narrarnos mediante cifras.
Una cosa es recibir reconocimiento. Otra muy diferente es necesitarlo para reconocerse.
La paradoja que merece ser mirada
Sería demasiado fácil convertir todo esto en otro artículo sobre jóvenes atrapados por TikTok y adultos preocupados por la decadencia de la sociedad.
No creo que esa mirada explique demasiado.
Porque farmear aura contiene una paradoja interesante: una cultura nacida dentro de las pantallas está haciendo que muchos jóvenes vuelvan a reunirse físicamente en plazas y espacios públicos.
Allí ríen, improvisan, comparten códigos que los adultos probablemente no entendamos y construyen comunidad alrededor de algo deliberadamente absurdo. Uno de los participantes en estas batallas explicaba sencillamente que lo hacía para divertirse y «salir de casa» (1).
Eso también importa.
La investigación sobre vínculos sociales digitales muestra una realidad mucho más ambivalente que el habitual «las redes son malas». Las relaciones en línea pueden aportar apoyo, pertenencia y espacios de expresión, aunque también favorezcan comparación, presión social o determinadas formas de malestar (4).
Quizá no deberíamos apresurarnos a ridiculizar aquello que todavía no comprendemos.
Nosotros también llevamos toda la vida farmeando aura
Además, hay otra razón para contener la risa adulta.
Nosotros hacemos exactamente lo mismo.
Solo utilizamos palabras más respetables.
Un coche determinado. Un cargo profesional. Una fotografía cuidadosamente escogida. Un título académico. El restaurante donde cenamos. El reloj que llevamos. Los kilómetros que corremos. Los países que hemos visitado. El cuerpo, la casa, las experiencias que mostramos.
Prestigio. Estatus. Reputación. Éxito. Currículum.
Tal vez llevamos décadas farmeando aura sin atrevernos a llamarlo así.
Y quizá por eso esta moda resulta tan divertida y tan incómoda al mismo tiempo. Los jóvenes han convertido en broma algo que los adultos solemos tomarnos terriblemente en serio: la construcción de una imagen destinada a ser observada.
La diferencia es que ellos ponen «+1000 de aura» debajo.
Nosotros lo ponemos en LinkedIn.
Acompañar sin ridiculizar
La Organización Mundial de la Salud ha advertido del aumento del uso problemático de redes sociales entre adolescentes. En su estudio HBSC, realizado en 44 países y regiones, la proporción de jóvenes con patrones problemáticos pasó del 7 % en 2018 al 11 % en 2022 (5).
Son datos importantes, pero conviene no confundirlos. Un uso problemático no equivale a utilizar redes sociales, y una moda viral no constituye por sí misma un problema de salud mental.
Quizá nuestra responsabilidad como adultos no sea únicamente preguntar cuánto tiempo pasa un adolescente delante de una pantalla, sino interesarnos también por algo bastante más difícil: qué busca allí.
Compañía, reconocimiento, diversión, pertenencia, un espacio para expresarse o, en algunos casos, la necesidad constante de comprobar que sigue siendo aceptado.
Acompañar la adolescencia exige intentar comprender sus lenguajes, incluso cuando nos parecen absurdos. No significa celebrarlo todo ni renunciar a establecer límites. Significa preguntarnos primero qué necesidad humana hay detrás antes de juzgar el comportamiento.
Vivir sin marcador
Quizá dentro de unos meses nadie recuerde qué significaba farmear aura. Las palabras digitales tienen una vida extrañamente breve. Nacen, explotan, recorren medio planeta y desaparecen dejando espacio para la siguiente.
Pero la pregunta permanecerá.
¿Cuánto de lo que hacemos nace realmente de nosotros y cuánto está destinado a provocar determinada mirada en los demás?
No es una pregunta para adolescentes.
Es una pregunta para todos.
Necesitamos reconocimiento. Necesitamos pertenecer. Necesitamos comprobar que nuestra presencia importa para alguien. No hay nada vergonzoso en ello. El problema comienza cuando entregamos a los demás la capacidad de determinar completamente cuánto valemos.
Quizá madurar consista también en ir construyendo un lugar interior donde no todo necesite público. Donde podamos hacer algunas cosas sin fotografiarlas, vivir ciertos momentos sin compartirlos y conservar partes de nosotros que no necesiten aplausos, seguidores ni puntuaciones.
Porque puede que la verdadera libertad empiece precisamente ahí: cuando dejamos de preguntarnos cuánta aura estamos ganando y volvemos, simplemente, a preguntarnos quién queremos ser.
Referencias bibliográficas
- Thykjaer C. ¿Qué es «farmear aura»? Las extrañas batallas virales que han saltado de TikTok a las calles. Euronews [Internet]. 2026 Ago 22 [actualizado 2026 Ago 23; citado 2026 Ago 28]. Disponible en: https://es.euronews.com/cultura/2026/08/22/que-es-farmear-aura-batallas-virales-tiktok-calles
- Oxford University Press. Meet the candidates for Oxford Word of the Year 2025 [Internet]. Oxford: Oxford University Press; 2025 Nov 24 [citado 2026 Ago 28]. Disponible en: https://corp.oup.com/news/meet-the-candidates-for-oxford-word-of-the-year-2025/
- Avci H, Baams L, Kretschmer T. A systematic review of social media use and adolescent identity development. Adolesc Res Rev. 2025;10(2):219-236. doi:10.1007/s40894-024-00251-1. Disponible en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/40385471/
- Prochnow T, Senthil R, Poulos A, Patterson MS, Blake J, Massey P. Virtual bonds; real emotions: systematic review exploring online social connections and adolescent mental health. Cyberpsychol Behav Soc Netw. 2025;28(10):658-671. doi:10.1177/21522715251377377. Disponible en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/40947896/
- World Health Organization Regional Office for Europe. Teens, screens and mental health: new WHO report indicates need for healthier online habits among adolescents [Internet]. Copenhagen: WHO Regional Office for Europe; 2024 Sep 25 [citado 2026 Ago 28]. Disponible en: https://www.who.int/europe/news/item/25-09-2024-teens–screens-and-mental-health
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