Lo que la muerte revela sobre todo aquello que seguimos aplazando
Naya tenía quince años y quería vivir.
No lo decía desde una reflexión filosófica ni desde uno de esos ejercicios imaginarios en los que nos preguntamos qué haríamos si supiéramos que nos queda un año. Tenía un osteosarcoma metastásico, había atravesado operaciones, quimioterapia, radioterapia, ingresos y noticias que ninguna persona de quince años debería tener que escuchar. Cuando concedió la entrevista a Roca Project sabía cuál era su situación. Y, aun así, seguía queriendo vivir.
Quizá sea precisamente eso lo que hace tan difícil escucharla.
Porque cuando hablaba de la vida no aparecían únicamente grandes sueños o experiencias extraordinarias. Hablaba de sus amigos, de sus hermanos, de conciertos, de volver al instituto, de recibir la visita de una amiga aunque solo fuera durante una hora. Quería conservar algo mucho más elemental: la posibilidad de seguir siendo una adolescente, de seguir siendo Naya.
Para mi, su testimonio deja flotando una pregunta que resulta incómoda para quienes tenemos el privilegio de no saber cuánto tiempo nos queda: ¿por qué tantas veces necesitamos sentir cerca la posibilidad de perder la vida para reconocer lo que ya había dentro de ella?
Ese lugar llamado «después»
Hay una pregunta que aparece de vez en cuando en conversaciones y ejercicios de reflexión: ¿qué cambiarías si supieras que te queda un año de vida?
Cuando uno intenta responderla con cierta sinceridad sucede algo curioso. Algunas cosas que hoy parecen enormes pierden rápidamente tamaño. El prestigio, determinados conflictos, la necesidad de tener razón, algunas aspiraciones profesionales o muchos de los objetos que perseguimos dejan de ocupar el centro. En cambio, aparecen los padres, los hijos, los amigos, el mar, viajar, escribir, descansar, crear, reconciliarse o simplemente pasar tiempo con determinadas personas.
No porque debamos vivir como si fuéramos a morir dentro de doce meses. La pregunta resulta interesante por otra razón: muestra la enorme cantidad de cosas importantes que hemos depositado en un lugar llamado después.
Después llamaré. Después descansaré. Después pasaré más tiempo con mis padres. Después cuidaré mejor mi cuerpo. Después recuperaré aquella amistad. Después escribiré. Después haré ese viaje. Será cuando termine este contrato, cuando tenga dinero, cuando los niños crezcan, cuando consiga la plaza, cuando esté menos cansado o cuando las cosas se tranquilicen.
Poco a poco, el futuro se convierte en un almacén donde vamos dejando aquello que nos importa con la confianza de que podremos regresar a recogerlo.
Y bien, no hay nada equivocado en confiar en el mañana. Necesitamos hacerlo. Estudiamos durante años, ahorramos, educamos hijos, construimos proyectos y plantamos árboles cuya sombra quizá disfrutarán otros. Una vida sin futuro sería imposible.
El problema comienza cuando confundimos la esperanza en el mañana con una garantía y terminamos utilizando el futuro como coartada para aplazar indefinidamente el presente.
Cuando lo ordinario vuelve a tener valor
Uno de los momentos que más me impresionó de Naya fue escucharla hablar de su regreso al instituto. Después de meses de enfermedad y hospital, quería volver. No fundamentalmente para estudiar, sino para recuperar a sus compañeros, las horas compartidas y una parte de aquella normalidad que la enfermedad le había arrebatado.
Resulta difícil no pensar en la cantidad de veces que deseamos escapar precisamente de aquello que otra persona daría cualquier cosa por recuperar.
Nos acostumbramos a casi todo. A caminar hasta que una lesión convierte cada paso en una dificultad. A dormir hasta que aparece el insomnio. A tener salud hasta que enfermamos. A escuchar la voz de nuestros padres hasta que un día comprendemos que no estará siempre disponible. Nos acostumbramos incluso a las personas que queremos, como si su presencia formara parte permanente del decorado de nuestra vida.
Naya decía que uno no llega a descubrir las ganas que tiene de vivir hasta que sucede algo así. También hablaba de la salud como algo que normalmente damos por hecho y que solo adquiere otra dimensión cuando comienza a faltar.
No creo que debamos convertir sus palabras en una fuente de culpabilidad. Tenemos derecho a cansarnos, aburrirnos, desperdiciar una tarde, enfadarnos por una tontería o no sentirnos permanentemente agradecidos por estar vivos. Nadie puede contemplar cada desayuno como un milagro. Sería agotador.
La cuestión es otra.
Quizá nos hemos acostumbrado tanto a estar vivos que confundimos lo cotidiano con lo insignificante.
Y no es lo mismo.
Una vida valiosa no tiene por qué ser espectacular. Puede ocurrir alrededor de una mesa, durante una conversación, en el camino de vuelta a casa, preparando una cena, riéndose con un hermano o compartiendo una hora con alguien que ha decidido ir a verte.
La cercanía de la muerte no necesariamente convierte la vida en una aventura. A veces simplemente devuelve valor a aquello que ya estaba allí.
Lo que hacemos con nuestro tiempo
La conciencia de que el tiempo es limitado también modifica la manera en que miramos el trabajo y las relaciones.
Si supiéramos que nos queda poco, muchos abandonaríamos determinadas obligaciones. Pero probablemente no dejaríamos de hacer cosas. Escribiríamos, cuidaríamos, pintaríamos, enseñaríamos, terminaríamos proyectos o dedicaríamos tiempo a aquello que sentimos verdaderamente nuestro. Tal vez el problema no sea siempre el esfuerzo, sino entregar años de vida a algo cuyo único sentido depende de una recompensa que llegará después.
Lo mismo ocurre con las personas.
Cuando imaginamos que el tiempo se acorta aparecen llamadas pendientes, agradecimientos, reconciliaciones y palabras que llevamos demasiado tiempo sin pronunciar. Y entonces resulta inevitable preguntarse por qué esperamos tanto.
No todas las relaciones deben recuperarse. Hay vínculos que necesitan distancia y heridas que no se resuelven con un «te quiero». Pero también existen silencios mantenidos por orgullo, miedo, pudor o por la sencilla convicción de que habrá otra oportunidad.
A veces la habrá.
A veces no.
Quizá algunos conflictos deberían medirse no solamente preguntándonos quién tiene razón, sino cuánta vida estamos dispuestos a gastar sosteniéndolos.
Naya hablaba de sus hermanos y de su familia desde ese lugar en el que el tiempo deja de ser abstracto. Cuando le preguntaron cómo deseaba que vivieran después de su muerte, quería que fueran felices y que pudieran sentirla de algún modo cerca. Y cuando le preguntaron cómo quería ser recordada, tampoco pidió una gran definición: quería ser recordada como Naya, con sus virtudes y sus defectos, pero como una buena persona.
Naya no era una lección
Existe un riesgo al escribir sobre alguien como ella: convertir su vida en una moraleja.
La adolescente valiente que enfermó, comprendió lo esencial y vino a enseñarnos cómo deberíamos vivir.
Pero Naya no tenía la obligación de enseñarnos nada.
Tenía derecho a vivir.
Y ese matiz importa.
La enfermedad no la convirtió en un personaje destinado a inspirar a otros. Ella misma rechazaba quedar reducida a «la enferma». Quería que la vieran como quien era y mantener, en la medida de lo posible, su vida normal.
Precisamente por eso sus palabras tienen fuerza. No porque la enfermedad le concediera una sabiduría especial, sino porque puso en primer plano algo que a los demás se nos oculta con facilidad: el carácter limitado de aquello que damos por seguro.
Tal vez nuestra trascendencia tampoco necesite ser extraordinaria. Quizá al final importe menos dejar un gran nombre que haber ocupado bien un pequeño lugar en la vida de algunas personas. Haber cuidado, haber escuchado, haber querido y haber estado.
Este martes también es la vida
Nunca me ha convencido demasiado aquello de «vive cada día como si fuera el último». Si realmente pensáramos que hoy termina todo, dejaríamos de estudiar, ahorrar, trabajar en proyectos largos o hacer sacrificios cuyo sentido se encuentra en el futuro.
Necesitamos creer que habrá mañana.
Naya, de hecho, no quiso conocer una cifra exacta sobre cuánto tiempo podía quedarle. Comprendía su situación, pero no quería transformar cada día en una cuenta atrás. Incluso cuando la muerte está cerca necesitamos algún espacio donde la vida pueda seguir siendo simplemente vida.
Quizá por eso la pregunta no sea cómo viviríamos si hoy fuera el último día.
Tal vez sea mucho más sencilla.
¿Cómo estamos viviendo este?
Este martes corriente. Esta comida sin importancia. La conversación con nuestra madre. El paseo que casi cancelamos. Una hora con alguien querido. El trabajo que todavía conserva sentido. El libro que queremos empezar. La persona que está sentada delante.
Durante años podemos tratar todas esas cosas como si fueran el vestíbulo de algo más importante.
Pero no lo son.
Son la vida.
Y quizá la muerte, cuando se aproxima lo suficiente para dejar de ser una abstracción, no venga a enseñarnos cómo morir ni a exigirnos una existencia frenética. Tal vez simplemente ilumine todo aquello que llevábamos demasiado tiempo dejando para después.
¿Cuánta vida estamos dejando para después?
Referencia:
- Roca Project. #107 – NAIA Y SU GRITO A LA VIDA: Un legado imborrable en Roca Project . YouTube; 2026. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=8Hvgx8e86DY
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