La bioética que hoy necesitamos no nace de la victoria, sino de la conciencia de vulnerabilidad. Tras el ocaso del paradigma del guerrero, dejamos de pensar el mundo como botín y lo redescubrimos como casa que nos sostiene: un segundo útero que hace posible la vida y que exige custodia. En esa clave, el poder deja de definirse como dominio y pasa a entenderse como cuidado: una forma responsable de decir, hacer y acoger la realidad para que pueda seguir siendo (1).

En La primera voz, Marín relee el Génesis para mostrar que crear, es decir: el universo surge de una palabra que nombra sin poseer; por eso, “recibir la misión de poner nombres es recibir bajo nuestro poder y nuestro cuidado lo que hay” (1). Asi que, aquí se decide mucho: el lenguaje puede herir o sanar. Cuando la palabra se vuelve “tecnológica” o “mágica”, pretende producir por sí sola lo que representa y borra el trecho entre el dicho y el hecho, convirtiendo el decir en poder sin mediación (1). El cuidado, en cambio, habita ese trecho: coopera con lo real sin suplantarlo, y entiende que la primera forma de cuidar es nombrar bien, con la palabra justa que deja a cada cosa crecer “como en su casa”.

En El naufragio original, el mundo aparece como un conjunto de restos supervivientes: todo lo valioso vive “a flote” entre temporales y, mientras dura, es digno de amparo (1). Cuidar es rescatar y poner a salvo: contar, reparar, restaurar; hacer sitio a lo frágil para que alcance su designio. Heidegger lo dice con precisión: habitar es cuidar; “salvar la tierra” es una dimensión del cuidado, porque el trabajo humano franquea a algo la entrada en su propia esencia (2). Y con Chesterton recordamos que “todo se ha salvado de un naufragio” (3): conviene actuar con tacto y mesura. Esta mirada encaja con lo existencial: incluso en el límite podemos elegir actitud y sentido, orientando la técnica a fines humanos y no al revés (4).

La piedad antigua nace como gratitud por lo que nos precede (el árbol, el jardín, el lugar) y cristaliza en santuarios: espacios donde el cuidado es culto (reverencia) y cultivo (trabajo paciente). La piedad moderna traduce esa intuición en reservas naturales: administra lo vivo para preservarlo. Ambas figuras son valiosas si recuerdan que el mundo es segundo útero para todos; pero se pervierten cuando la piedad se separa de la hospitalidad. Entonces, el “cuidar lo propio” se desliza hacia un preservacionismo identitario: se protege el territorio como patrimonio exclusivo de un “nosotros” cerrado y lo distinto pasa a verse como amenaza. Así pues, la historia europea muestra la deriva extrema: junto a leyes de protección de la naturaleza, se levantaron campos de exterminio para eliminar a quienes “contaminaban” una supuesta pureza racial (5,6). Este paso de santuarios a reservas y, en el peor caso, a campos no es inevitable, pero puede suceder cuando olvidamos que no hay hogar humano no hay hogar humano sin acogida (1). Para no caer ahí, mi criterio es simple y práctico: culto (reconocer valor intrínseco), cultivo (reparar con mesura) y hospitalidad (preguntarnos a quién dejamos fuera). Y, entonces, si la protección exige excluir al vulnerable, ya no es cuidado: es fuerza.

En síntesis, la bioética del cuidado reordena la técnica a la dignidad de lo vivo:

  1. Palabra que cuida (nombrar sin poseer).
  2. Trabajo que rescata (reparar y poner a salvo).
  3. Hospitalidad que abre (acoger lo distinto).

Así, la interpretación del mundo como vida y segundo útero, y la doble lógica de culto y cultivo, ofrecen una versión humana y ecológica frente a lo tecnológico que amenaza con malgastar 600 millones de años de evolución. Siento que no es sentimentalismo: es lucidez práctica para sostener lo que merece debiera durar.

Y como idea fundamental, la vulnerabilidad humana no es una debilidad, sino el origen del cuidado y de una bioética que invita a habitar el mundo con respeto, palabra y hospitalidad en lugar de fuerza.


Referencias:

  1. Marín H. Teoría de la cordura y de los hábitos del corazón. Valencia: Pre-Textos; 2010. p.89–97, 179–182.
  2. Heidegger M. Construir, habitar, pensar. Barcelona: Serbal; 1994. p.25–26.
  3. Chesterton GK. Ortodoxia. Barcelona: Alta Fulla; 2005. p.72.
  4. Frankl VE. El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder; 2015.
  5. Ferry L. El nuevo orden ecológico. Barcelona: Tusquets; 1994.
  6. Marín H. Localización y convergencia de las ideologías… In: López Cambronero M, Marín H, coords. Nación y libertad. Murcia: UCAM; 2005. p.135–172. 

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