“Me ha venido un pensamiento: a veces, para poder llegar a otros, en ocasiones hay que morir.”
La frase apareció sin solemnidad, como aparecen las verdades incómodas, de paso, mientras la vida seguía. Y de pronto, sin buscarlo, me ocurrió algo muy concreto, no conocía al Doctor Jorge García-Dihinx (@jorgegarciadihinx) y, sin embargo, a raíz de su muerte trágica en la montaña, empezaron a asomarse a mi pantalla vídeos breves suyos —compartidos por gente que sí lo seguía— y me interesó su mirada sobre la vida, la salud y la manera de enfocarse en uno mismo y en los demás (1).
Y es ahí donde nace la paradoja: una voz que ya no puede contestar empieza a tocarte.
Y si, conviene decirlo desde el inicio, con claridad ética y sin romanticismos: esto no es apología de la muerte, ni del sufrimiento, ni del suicidio. La muerte no es un método. No es un mensaje. No “mejora” ninguna biografía. La muerte corta. Y precisamente por eso, a veces, deja al descubierto algo que en vida se nos escapa: lo esencial.
La muerte no da valor: interrumpe el ruido
Mientras alguien vive, su palabra compite: con el ritmo del mundo, con nuestra prisa, con nuestras distracciones, con el “ya lo veré luego”. Y así, muchas voces valiosas no se apagan por falta de verdad, sino por exceso de interferencias.
A veces sucede algo incómodo, cuando una persona muere: su palabra queda fija. Ya no puede matizar. Ya no puede defenderse. Ya no puede suavizarse para gustarnos. Y entonces, el que queda expuesto eres tú: tu escucha tardía y tu manera humana de creer que siempre habrá tiempo.
Por eso la frase —“para llegar a otros hay que morir”— no suena, en el fondo, como una ley del destino, sino como un espejo: a veces no es que el otro “tenga que morir” para alcanzarnos; es que nosotros llegamos tarde. Y llegar tarde duele, porque revela una verdad simple: la vida se nos va en lo accesorio con una facilidad vergonzosa.
El algoritmo como mensajero torpe del duelo
Que esa voz me llegara por redes no es un detalle menor. Hay investigaciones que describen cómo las plataformas pueden convertirse, sin haber sido creadas para ello, en espacios de duelo y memorialización, donde contenidos antiguos circulan, se recomponen y alcanzan a nuevas personas (2).
Y como no, el algoritmo no tiene alma; solo amplifica atención. Pero en ese tránsito —de unos a otros— ocurren encuentros que parecen “casualidad” y, sin embargo, son profundamente humanos: alguien comparte, otro escucha, otro se reconoce.
Y aquí hay una fineza moral, que el medio sea frío no vuelve frío el efecto. Una pantalla puede ser luz azul y distancia, sí, pero también puede ser, en una noche cualquiera, el primer hilo que te conduce a una idea que necesitabas.
Escuchar tarde no es culpa. No transformar, sí.
En psicología del duelo se habla de lazos continuos: la relación con quien muere no siempre se rompe; a menudo se transforma. Se mantiene como vínculo interno, como conversación distinta, como memoria que ordena la vida (3).
En mi caso hay un matiz: no era un vínculo previo, porque no lo conocía. Pero hoy me vuelvo parte de esa continuidad “póstuma”: una voz grabada que, sin pretenderlo, puede ayudar a un desconocido a mirar mejor.
Ahora bien, aquí viene la exigencia. Escuchar a alguien después de su muerte no es un acto pasivo. Es una responsabilidad sin interlocutor. Porque ya no puedes decirle “gracias” para cerrar el círculo. El círculo solo se cierra de otra forma, viviendo algo distinto.
Viktor Frankl lo dijo sin adornos: el sentido no es una emoción bonita; es una respuesta, un “para qué” que te reclama en concreto. Y también insistió en algo todavía más incómodo: cuando no podemos cambiar ciertos hechos, la tarea es cambiar nuestra actitud ante ellos, responder con dignidad, no con resignación (4).
Así pues, mi encuentro tardío, entonces, no se justifica con nostalgia. Se justifica con acto.
La finitud como llamada: lo que la evidencia sugiere (sin convertirla en dogma)
Cuando la muerte se hace presente —la nuestra o la de otros— aumenta la conciencia de finitud. Y esa conciencia puede empujar en direcciones opuestas, puede encerrarnos en ansiedad o puede abrirnos a reflexión, valores y ayuda a los demás. Hay trabajos que muestran esa doble vía: la “saliencia de la muerte” puede asociarse tanto a temor como a una reflexión que favorece conductas prosociales, según cómo se procese (5).
Y, en paralelo, la literatura científica es bastante consistente en esto: vivir con sentido (presencia de significado vital) se asocia, en promedio, con menor malestar psicológico, mientras que una búsqueda angustiada y desorganizada del sentido puede asociarse a más malestar (4,6).
O dicho en humano: no es que “pensar en la muerte” te haga mejor; es que, a veces, te obliga a recordar lo esencial. Y lo esencial suele ser sencillo: cuidar, estar, llamar, pedir perdón, caminar, comer con más consciencia, mirar a alguien sin pantalla por medio.
Qué hacer con una voz que llega cuando ya no puede responder
Aquí es donde la idea se vuelve fértil y, a la vez, delicada: qué haces con una voz que te llega cuando ya no puede responder. Porque en ese punto uno corre dos riesgos opuestos: convertir al ausente en mito, o convertir el impacto en un instante bonito que se evapora al día siguiente.
Lo primero es no idealizar. Que una voz te alcance después no la convierte en verdad absoluta, ni a la persona en una figura intocable. La muerte no santifica. Lo honesto es más sobrio: reconocer lo valioso sin fabricar una estatua. Agradecer sin endiosar. Aprender sin entregar la conciencia.
Lo segundo —y aquí empieza lo serio— es encarnar. Si te tocó su manera de hablar de la salud, del cuerpo, del cuidado, entonces el homenaje real no es compartir un vídeo como quien deja una vela y se marcha. El homenaje real es un cambio pequeño, repetido, sostenible, que te vuelve distinto sin hacer ruido: comer hoy con atención, caminar sin prisa, dormir como acto de respeto al cuerpo, escuchar a alguien cercano sin interrumpir. Lo humilde, cuando se sostiene en el tiempo, pesa más que cualquier frase brillante. Eso sí es legado: no la cita, sino el gesto.
Y lo tercero quizá sea lo más difícil: dejar morir algo en ti, sin tragedia. Tal vez “morir para llegar” no sea biología, sino carácter. Tal vez lo que tenga que morir sea la prisa que te vuelve superficial, el cinismo que te endurece, la necesidad de tener razón que te vuelve ciego, la dispersión que te roba presencia, el ego herido que no te deja ver al otro tal como es. En el cuidado hay renuncias que salvan: callar a tiempo, mirar de verdad, sostener sin invadir. Esa también es una muerte, pequeña y necesaria: la del yo excesivo, para que el otro exista.
Lo que queda abierto
Y ahora sí: el punto final que no quiere ser cierre.
A veces pienso que la vida nos perdona demasiadas veces el “luego”. Nos deja posponer la llamada, el abrazo, la conversación honesta. Nos deja creer que mañana habrá tiempo para escuchar con calma. Hasta que un día no. Y entonces aparece la escena íntima: una habitación en silencio, la luz fría del móvil, el dedo que se detiene sobre un nombre que ya no está. Y tú —que no conocías a Jorge García-Dihinx— descubres que hay voces que te alcanzan cuando ya no puedes tocarlas, cuando ya no puedes decirles “gracias” ni “me hiciste pensar”.
Ahí está el filo de todo esto: no es la muerte lo que habla. Lo que habla es tu propia conciencia, despertada por un límite radical. Y ese despertar puede quedarse en emoción bonita de madrugada… o puede volverse decisión.
Frankl no habría llamado “sentido” a la conmoción. Habría llamado sentido a la respuesta: ¿qué vas a hacer tú con lo que has comprendido? (4). Porque el sentido —cuando es real— no se aplaude: se practica. Y se practica casi siempre en lo pequeño, donde nadie te ve.
Por eso, lo que queda abierto no es un culto a la pérdida, sino una responsabilidad sencilla y dura: llegar a tiempo a los vivos.
Que esta voz tardía nos quite la tontería del ego y nos devuelva lo esencial: el tiempo es frágil; el cuidado, si es verdadero, se demuestra con presencia. Y quizá la pregunta que nos deja este encuentro no es sobre él, sino sobre ti:
¿A quién estás dejando de escuchar en vida?
¿A quién podrías escribirle hoy —no mañana— para decirle “te veo”?
¿Y qué parte de ti tendría que morir —la prisa, la distracción, la dureza— para que puedas llegar a los demás antes de que sea tarde?
Referencias
- Redacción Médica. Muere el pediatra Jorge García-Dihinx en el alud de Panticosa. 29 dic 2025.
- Ning C. You Have not Disappeared: Digital Mourning Spaces After a Social Media Celebrity’s Self-Obituary. Media and Communication. 2025;13. doi:10.17645/mac.10726.
- Hewson H, Galbraith N, Jones C, Heath G. The impact of continuing bonds following bereavement: A systematic review. Death Stud. 2024;48(10):1001-1014. doi:10.1080/07481187.2023.2223593.
- Frankl VE. El hombre en busca de sentido. Barcelona: Herder; 2015.
- Xie Q, Yan Y, Lai J, Wei M. Mortality salience and helping behavior amidst public crisis: cross-sectional evidence during COVID-19. Front Public Health. 2024;12:1455818. doi:10.3389/fpubh.2024.1455818.
- He X-X, Wang X-Q, Steger MF, et al. Meaning in life and psychological distress: A meta-analysis. J Res Pers. 2023;104:104381. doi:10.1016/j.jrp.2023.104381.
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