Hay una forma de violencia que no deja moratones. Se parece más al desgaste que al golpe. Es la violencia de la demora interminable, del “no procede”, del “ya veremos”, de la puerta que se cierra sin mala intención y, sin embargo, se cierra. Y en esa grieta, poco a poco, una persona puede pasar de ser alguien a ser un caso, de ser un nombre a ser una cama, de ser una historia a ser un trámite.
A esto se aproxima la intuición de Homo sacer de Giorgio Agamben, cuando habla de vidas que siguen siendo humanas, pero quedan fuera del amparo real de la comunidad, vidas que pueden ser empujadas a los márgenes sin que el sistema sienta que está cometiendo algo grave (1). No porque se haya decretado su inferioridad, sino porque se ha normalizado su invisibilidad.
Lo inquietante es que no hace falta imaginar escenarios extremos para entenderlo. Basta mirar los bordes cotidianos de la asistencia, esos lugares donde la fragilidad se vuelve molesta y la complejidad no cabe en un protocolo. Basta ver cómo ciertas personas, por pobreza, por soledad, por enfermedad mental, por deterioro cognitivo, por edad, por migración, por final de vida, empiezan a recibir una atención que cumple mínimos, pero no sostiene. Se les atiende, sí. Pero a veces ya no se les cuida.
En España, tanto el marco de derechos del paciente como la bioética europea insisten en que la dignidad no es una cortesía, es un eje normativo. La Ley 41/2002 no es un poema: es un recordatorio de que el sistema sanitario se legitima cuando respeta la autonomía, la información, la intimidad y la dignidad de la persona (2). Y el Convenio de Oviedo, que nació precisamente para proteger la dignidad humana ante los riesgos del poder biomédico, insiste en lo mismo con lenguaje jurídico y sin romanticismo (3). La dignidad no es un premio por ser autónomo, ni un mérito por ser “fácil”. Es un suelo. Cuando ese suelo se agrieta, aparece la lógica del descarte.
Aquí es donde conviene ser honestos. La exclusión contemporánea raras veces se presenta como prohibición. Se presenta como saturación. Como falta de recursos. Como falta de tiempo. Como burocracia. Como derivación eterna. Como ese cansancio institucional que lo vuelve todo funcional, pero frío. Y entonces pasa algo sutil: la persona deja de sentirse sujeto y empieza a sentirse estorbo. Nadie lo dice. Pero el cuerpo lo entiende.
El final de la vida es una prueba especialmente dura para esta cuestión. Porque cuando la curación ya no está sobre la mesa, la tentación es reducirlo todo a lo biológico, a lo medible, a lo “que queda por hacer” en términos técnicos. Y, sin embargo, la Organización Mundial de la Salud recuerda que aliviar el sufrimiento grave relacionado con la salud, también en lo psicológico, social y espiritual, es una responsabilidad ética global (4). No lo plantea como algo opcional ni como un “extra bonito”. Lo plantea como un deber.
Por eso los cuidados paliativos, cuando se comprenden de verdad, son una frontera moral. Porque sostienen una idea sencilla y enorme: aunque ya no puedas curarte, aunque dependas, aunque tu voz sea débil, sigues siendo alguien a quien acompañar. No para prolongar la vida a cualquier precio, sino para no retirar la presencia cuando la vida se vuelve frágil. En ese acompañamiento se decide si la dignidad es un discurso o una práctica.
Una idea final, incómoda pero necesaria
El homo sacer de nuestro tiempo no siempre es alguien a quien se le niega atención. A veces es alguien a quien se le ofrece “atención” sin mirada, sin tiempo interior, sin continuidad, sin calor humano. Es una vida que no se declara prescindible, pero que se trata como si lo fuera, a base de pequeñas renuncias acumuladas.
Y lo más peligroso de todo es que eso puede parecer normal. Puede parecer eficiente. Puede parecer inevitable. Hasta que un día te das cuenta de que el sistema no se volvió inhumano de golpe, sino por costumbre. Por cansancio. Por repetición. Por esa forma de resignación que nos convence de que “no se puede hacer más”, incluso cuando lo que faltaba no era más técnica, sino más humanidad.
Al final, la pregunta no es filosófica. Es personal. Es clínica. Es diaria. Cuando alguien entra en tu espacio de cuidado, aunque sea por cinco minutos, ¿sale sintiéndose más persona o más carga? ¿Sale con un hilo de sentido o con una sensación de descarte? Porque ahí, en ese minuto, se juega algo íntimo: si la vida del otro sigue teniendo casa entre nosotros.
Y esa es la medida real de una sociedad. No cómo trata a quien brilla, sino cómo sostiene a quien se apaga.
Referencias
- Agamben G. Homo sacer: sovereign power and bare life. Stanford (CA): Stanford University Press; 1998.
- España. Ley 41/2002, de 14 de noviembre, básica reguladora de la autonomía del paciente y de derechos y obligaciones en materia de información y documentación clínica. Boletín Oficial del Estado. 2002;274.
- Council of Europe. Convention for the Protection of Human Rights and Dignity of the Human Being with regard to the Application of Biology and Medicine: Convention on Human Rights and Biomedicine (ETS No. 164). Oviedo; 1997.
- World Health Organization. Palliative care [Internet]. Geneva: WHO; [cited 2026-01-15].
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