Este texto está dedicado a quienes este año casi han tirado la toalla.
A quienes no han montado el árbol, porque el hogar estaba en otro sitio.
A los que pasan la Navidad solos, lejos o en silencio.
A quienes la atraviesan en un hospital: pacientes, familias y profesionales, sosteniendo la vida mientras el mundo celebra.

Hay un momento —casi siempre a finales de noviembre, a veces la primera semana de diciembre— en el que el año cambia de textura. El aire se vuelve más fino, las tardes se acortan como si alguien estuviera recogiendo el mundo, y empiezan a aparecer luces donde antes no había nada. No es solo decoración. Es una señal. Un aviso amable y a la vez implacable: otra vez estamos aquí.

Y eso tiene algo de consuelo y algo de vértigo.

Porque la Navidad, con todo lo que se le ha pegado encima —compras, prisas, frases repetidas, villancicos que ya no sorprenden— sigue teniendo una fuerza extraña: se clava en la memoria. No recordamos con precisión cuántos días comunes hemos vivido, pero sí recordamos “aquella Navidad”. La del reencuentro, la del enfado, la de la mesa llena, la de la silla vacía. La del niño que todavía creía que el mundo podía ser bueno. La última Navidad con alguien que ya no volvió.

Y por eso, aunque a veces nos dé rabia, aunque a veces nos parezca un teatro, la Navidad nos afecta. Porque no viene como una fecha más. Viene como un espejo.


Contar Navidades

Hay un cálculo que nadie quiere hacer y, sin embargo, a poco que lo pienses, aparece solo. No hace falta ser dramático. Basta con ser honesto.

¿Cuántas Navidades te quedan con tu madre? ¿Con tu padre? ¿Con ese amigo al que quieres, pero al que ves poco? ¿Cuántas te quedan con tu hijo antes de que el brillo se le apague por dentro y empiece a mirar las luces como “cosas de niños”? ¿Cuántas te quedan con esa persona que hoy está contigo, pero que mañana —por motivos grandes o pequeños— puede no estar?

Haz números si quieres. La esperanza de vida, los años que tienes, lo que arrastra el cuerpo, lo que arrastra la vida. Pero el golpe no está en el resultado. El golpe está en lo concreto.

De pronto el tiempo deja de ser una idea abstracta y se vuelve un puñado de inviernos contados.

Y ahí se cae una de las grandes mentiras modernas: vivimos como si el tiempo fuera abundante. Como si se pudiera aplazar el amor, la conversación importante, el perdón, el abrazo, la visita. “Ya habrá otra ocasión”, nos repetimos. Lo decimos con una tranquilidad que da miedo. Y, sin embargo, la verdad es que las ocasiones no se multiplican: se consumen.

La Navidad, por ser un ritual que vuelve con precisión, nos lo recuerda sin pedir permiso. Nos coloca delante una pregunta que no se puede contestar con productividad ni con cinismo: ¿qué estás haciendo con los tuyos mientras todavía están?


Los que ya no montan el árbol

A veces te encuentras a gente que dice: “este año no monto nada”. Y lo dicen como si fuera una decisión práctica, casi estética. Pero a menudo no lo es. A menudo es cansancio. O es duelo. O es una forma de protegerse.

Hay quienes han perdido el sentido porque les faltan personas. Hay quienes no celebran porque su familia se ha roto y no quieren fingir. Hay quienes no celebran porque trabajan, porque viven lejos, porque no pueden volver. Y hay quienes no celebran porque están solos de una soledad silenciosa, de esas que no se ven en redes, de esas que no hacen ruido, pero se sientan contigo en el sofá cuando se apagan las luces.

Y entonces la Navidad se vuelve peligrosa, porque ilumina. No cura, ilumina. Y cuando ilumina, se ve lo que falta.

Pero también puede pasar lo contrario: la Navidad puede ser precisamente la época donde el corazón se permite sentir lo que el resto del año mantiene bajo control. Como si diciembre abriera una rendija en la armadura y dijera: “puedes bajar la guardia un rato”. Puedes recordar. Puedes llorar. Puedes echar de menos. Puedes querer. Puedes admitir que te importa.

Eso, en un mundo entrenado para no necesitar a nadie, es una forma de valentía.


Lo finito como medida del valor

Hay algo que las culturas antiguas entendían con naturalidad y nosotros, con toda nuestra tecnología, seguimos tratando de olvidar: lo breve vale más.

No porque lo breve sea mejor, sino porque lo breve es frágil. Y lo frágil, cuando lo amas, te obliga a estar presente.

La vida no se vuelve preciosa por durar mucho; se vuelve preciosa porque puede romperse. Porque puede acabarse. Porque no está garantizada. Y eso no es una tragedia en sí misma. La tragedia sería vivir como si nada importara, vivir anestesiado, pasar por las personas como si fueran paisajes.

La Navidad tiene esa extraña habilidad de convertir lo cotidiano en símbolo. Una mesa. Una canción. Una receta. Un adorno viejo que alguien insiste en colgar cada año aunque esté feo. Un olor que no se puede comprar: el del horno, el del caldo, el del café a media tarde, el de la casa cerrada y calentita mientras fuera el aire corta.

Todo eso, visto desde la lógica fría, no “sirve” para nada. Y sin embargo, sostiene. Y eso, al final, es lo que buscamos cuando la vida pesa: algo que sostenga.


Por qué necesitamos rituales

La palabra “ritual” suena a religión o a superstición, pero en realidad es más simple y más humano: un ritual es una forma de ordenar el alma.

Es una estructura pequeña, hecha de gestos repetidos, que le dice al cuerpo y a la mente: aquí pasa algo importante. Aquí paramos. Aquí nos miramos. Aquí recordamos.

El ritual no es entretenimiento. Es refugio. Es un recipiente. Un lugar donde caben emociones que el día a día no sabe gestionar: la nostalgia, la gratitud, el duelo, la esperanza, el perdón. Durante el año somos expertos en seguir funcionando. En diciembre, por algún motivo, el funcionamiento se agrieta. Y esa grieta —aunque duela— es una oportunidad.

Por eso la Navidad, incluso para quien no cree en nada, puede tener sentido. Porque no es solo una fecha: es un lenguaje compartido. De pronto es “normal” llamar a alguien. Es “normal” escribir algo bonito. Es “normal” dar un abrazo más largo. Es “normal” reconciliarse aunque sea un poco. Y ese permiso social, que parece una tontería, abre puertas interiores.

A veces no decimos “te quiero” por miedo a parecer cursis. A veces no pedimos perdón por orgullo. A veces no agradecemos porque pensamos que ya se sabe. Y no, no siempre se sabe. La Navidad, con toda su teatralidad, nos presta un escenario para atrevernos.


La silla vacía

Hay una imagen que vuelve cada año, aunque no queramos: la silla vacía.

No hace falta dramatizarla. Basta con reconocer que existe. Hay mesas donde falta alguien. Hay mesas donde hay alguien, pero ya no es el mismo. Hay mesas donde todos comen, pero nadie habla de lo que duele. Hay mesas donde la risa es un poco más corta porque pesa lo que no se nombra.

La Navidad trae eso: el recuerdo de los que ya no están y, al mismo tiempo, el recordatorio de que los que están no van a estar siempre.

Y aquí aparece una verdad que cuesta asumir: no hay forma de amar sin exponerse a la pérdida. La tristeza navideña no siempre es un fallo. A veces es la señal de que algo fue importante. De que alguien importó. De que aún eres capaz de sentir. En un mundo que tiende a endurecerse, seguir sintiendo es casi un acto de resistencia.


Cuando un árbol dice “hogar”

Piénsalo: decorar un árbol no es poner cosas bonitas. Es afirmar, en voz baja, que aquí hay hogar. Que aquí, a pesar de todo, se cuida. Que aquí se hace espacio.

Envolver un regalo no es dar un objeto. Es decir: he pensado en ti. Te he tenido presente. He apartado un trozo de mi tiempo —que es lo único que de verdad se pierde— para dártelo.

Sentarse a una mesa no es solo comer. Es sostener una historia. Es tejer una memoria compartida. Es, de algún modo, decirle a la vida: no me vas a convertir del todo en un individuo aislado. Todavía sé pertenecer.

Y claro que hay familias complicadas. Claro que hay heridas. Claro que hay mesas donde cuesta respirar. No se trata de idealizar. Se trata de comprender por qué, aun con todo, este ritual sigue teniendo poder.

Porque no es un ritual perfecto. Es un ritual humano. Y lo humano siempre viene mezclado: luz y sombra, risa y cansancio, amor y resentimiento, gratitud y duelo.


Lo que de verdad está en juego

La pregunta real no es si la Navidad se ha vuelto comercial. Eso es evidente. La pregunta real es otra: ¿vas a dejar que lo comercial te robe el alma del ritual?

Porque lo que está en juego no es el árbol. Es tu capacidad de amar a tiempo. Tu capacidad de decir lo importante antes de que sea tarde. Tu capacidad de mirar a alguien y notar, de verdad, que está envejeciendo. Que está luchando. Que está triste. Que está ahí.

La Navidad tiene una crudeza elegante: te pone el tiempo delante sin necesidad de tragedias. Te recuerda, con luces pequeñas, que todo pasa. Y al recordártelo, te ofrece una oportunidad, que esta vez no se te escape lo esencial.

No hace falta grandes gestos. A veces basta con estar. Con escuchar sin prisa. Con no mirar el móvil en mitad de una conversación. Con acercarte a quien se está quedando atrás. Con llamar a ese amigo que vive lejos. Con escribir un mensaje que no sea “felices fiestas” sino “me importas”. Con atreverte a pedir perdón, aunque no seas el único culpable. Con perdonar, aunque te cueste.

No por quedar bien. Sino por vivir de una forma que no te avergüence cuando mires atrás.


Si no celebras la Navidad…

Y si este año no puedes celebrar la Navidad —porque estás lejos, porque estás roto, porque estás solo, porque has perdido a alguien— no te castigues. No te exijas alegría. No te obligues a sonreír para que los demás estén tranquilos. Hay inviernos que no vienen para decorar, vienen para sostenerse.

No conviertas la ausencia en sentencia. No hagas de tu dolor una condena perpetua. Que te falte alguien no significa que te falte todo. Que no haya mesa grande no significa que no exista un hogar posible, aunque sea pequeño, aunque sea por dentro.

Invéntate un ritual. No como un consuelo barato, sino como una forma de decirle a la vida: sigo aquí. Una tregua mínima. Un gesto humilde que te devuelva al cuerpo. Que te devuelva al corazón.

Enciende una vela. No para “pedir” nada. Solo para recordar. Para darle un lugar a quien ya no tiene sitio en tu casa, pero sí en tu pecho. Mira esa llama un minuto, sin prisa. Y si duele, deja que duela. El dolor es el precio del amor, y a veces también su prueba.

Prepárate algo caliente. Que huela a cuidado. A sopa lenta, a pan tostado, a canela, a lo que sea que te abrace por dentro. Si nadie se sienta contigo, siéntate tú contigo. No como resignación, sino como un acto de dignidad: hoy también mereces ternura.

Escribe un mensaje. Uno solo. No uno genérico. Uno verdadero. A esa persona que hace tiempo que no llamas. A ese amigo que vive lejos. A tu madre. A tu padre. A quien te viene a la cabeza cuando apagas la luz. Dile algo sencillo: “me acordé de ti”. A veces eso salva una semana entera.

Si puedes, visita a alguien que también esté solo. No como héroe, sino como humano. A veces el milagro no es que la vida cambie: es que alguien llame a la puerta y no sea una factura, sino una presencia.

Y si no puedes con nadie, sal a caminar despacio. Sin auriculares. Que el frío te despeje la mentira del “no pasa nada”. Mira las luces de la calle como quien mira un idioma antiguo. No te exigen felicidad. Solo te recuerdan que sigues teniendo ojos. Que sigues sintiendo. Que todavía hay mundo.

Permítete llorar si aparece el llanto. No lo seques con vergüenza. Llorar en estas fechas no es debilidad: es memoria. Es amor buscando salida. Es el alma diciendo que lo vivido fue real.

Lo sagrado, si existe, casi nunca llega como un templo. Llega como una decisión íntima, silenciosa, pequeñísima: hoy no voy a pasar por la vida como si nada importara. Hoy no voy a convertirme en piedra. Hoy voy a cuidar lo que queda.

Porque al final, cuando la Navidad se quita el disfraz y se queda en lo esencial, nos susurra una verdad simple y feroz: todo lo importante es frágil. Todo lo bello es prestado. Nadie nos promete otra vez.

Y precisamente por eso, mientras lo tenemos —mientras alguien respira al otro lado del teléfono, mientras alguien puede abrazarte, mientras tú puedes mirar y ser mirado— conviene detenerse. Mirarlo de frente. Como quien mira una llama para aprender a no desperdiciar la luz.

No para asustarnos. Para despertar. Para vivir con más verdad. Para querer a tiempo.

Feliz Navidad a todos. Pero de las de verdad. De las que no se cuelgan en el árbol, sino que atraviesan el pecho y nos devuelven el ser humanos.


Descubre más desde Blog de Salud y Pensamiento

Suscríbete y recibe las últimas entradas en tu correo electrónico.