Fue frente a la universidad de Comillas, en Madrid. Hablábamos sin prisa, con ese frío que limpia el ruido y deja solo lo esencial. Mi amigo —que años después la vida se llevó con 33 años— me dijo algo que no sonaba a frase bonita, sino a verdad trabajada: «Perdonar no es un gesto moral; es otra cosa. Es un don de orden superior». Y se quedó ahí, como se quedan las cosas que no necesitan convencer a nadie.
Cuando llega Navidad, esa frase vuelve porque estas fechas tienen esa manía: iluminan lo que intentamos esconder. Y entonces aparece la pregunta incómoda, la que no cabe en una taza de chocolate caliente: ¿cómo se perdona cuando el daño ha sido grande?
Lo primero es poner orden: perdonar no es “ser bueno”. No es quedar como el adulto maduro de la historia. Y desde luego no es hacerle un favor al que te hirió. Perdonar, si ocurre de verdad, se parece más a interrumpir una cadena que a exhibir una virtud.
Arendt entendió el núcleo de esto con una claridad que aún duele: el perdón es una facultad humana que se mete donde casi nada puede entrar, en la irreversibilidad del tiempo. La venganza te deja pegado al acto original; te convierte en satélite del daño. El perdón no borra lo ocurrido, pero le quita la corona: decide que lo que pasó no tendrá el poder de escribir el resto de tu vida (1).
Ahora bien: si esto fuera solo “elección racional”, sería fácil. Pero no lo es. Porque hay heridas que no se arreglan con argumentos. Derrida fue implacable aquí: el perdón, si es perdón, apunta a lo imperdonable. Si lo que pasó se vuelve excusable o fácil de comprender, muchas veces ya no perdonas: explicas. El perdón auténtico empieza justo donde el sentido se rompe y aun así eliges no convertirte en una prolongación de la violencia (2).
Por eso me chirría cuando alguien dice “perdona y ya está”. No. A veces el primer acto de dignidad es admitir: todavía no puedo. Y esa honestidad, lejos de ser fracaso, es el suelo real desde el que algún día podría nacer otra cosa.
Hay además una dimensión que no se discute lo suficiente: la del cuerpo. El rencor sostenido no es una idea; es una postura. Se instala en la mandíbula, en el estómago, en el sueño, en la respiración. El organismo queda en guardia permanente, pagando el precio fisiológico de vivir como si el golpe fuera a repetirse. Lo que McEwen describió como carga alostática ayuda a entenderlo: sostener el estrés como modo de vida deja huella medible en la salud (3).
Hay además una verdad incómoda que rara vez se dice en voz alta: el rencor no es solo una emoción; es una postura corporal. El cuerpo lo sabe antes que la mente. Mandíbulas tensas, respiración corta, hipertensión, insomnio. El organismo vive en estado de alerta permanente, como si el ataque fuera a repetirse en cualquier momento. Y aquí, desde la filosofía del cuidado, el perdón se vuelve una forma de intervención íntima: no para disculpar lo injustificable, sino para recuperar integridad. Watson insistía en que cuidar es proteger lo humano, incluso cuando está roto (4). En ese marco, el perdón —si llega— puede ser el momento en que le dices al cuerpo: puedes bajar el arma. No porque el mundo sea seguro, sino porque tú ya no quieres vivir como si la guerra fuera tu identidad.
Y aun así, conviene repetirlo con firmeza, porque mucha gente se hace daño aquí: perdonar no es reconciliarse. Puedes perdonar y mantener distancia. Puedes perdonar y no volver. La reconciliación es relacional y exige condiciones; el perdón es interior y exige verdad. Worthington lo diferencia bien: perdón y reconciliación no son sinónimos y confundirlos puede ser peligroso (5).
A mí, lo que más me sostiene de aquella conversación —y de la muerte temprana de mi amigo— es esto: el perdón no es un final feliz. Es un acto de soberanía. Un “hasta aquí” pronunciado desde lo más hondo.
Porque el daño grande tiene una tentación: convertirse en biografía. Volverse apellido. Colarse en cada relación, en cada decisión, en cada mirada. Y el perdón, cuando es real, hace algo casi milagroso: impide que tu futuro sea escrito por aquello que te destrozó.
Por eso lo llamábamos “don de orden superior”. No por superioridad moral. Sino porque, en un mundo donde todo empuja a reproducir el golpe, el perdón —si algún día lo alcanzas— es el acto que dice:
“No voy a transmitir esto. No voy a heredarle mi herida a mi vida entera. Aquí termina.”
Y entonces la Navidad deja de ser una fecha y vuelve a ser lo que, quizá, siempre quiso ser: una posibilidad. No de olvidar. No de negar. Sino de volver a respirar sin obedecer al daño.
Referencias
- Arendt H. The human condition [Internet]. Chicago: University of Chicago Press; 1958 [citado 2025 dic 25]. Disponible en: https://monoskop.org/images/e/e2/Arendt_Hannah_The_Human_Condition_2nd_1998.pdf
- Derrida J. On cosmopolitanism and forgiveness [Internet]. London: Routledge; 2001 [citado 2025 dic 25]. Disponible en: https://www.columbia.edu/itc/ce/s6403/jacques_derrida.pdf
- McEwen BS. Stress, adaptation, and disease: allostasis and allostatic load. Ann N Y Acad Sci. 1998;840:33-44. doi:10.1111/j.1749-6632.1998.tb09546.x. PMID:9629234. Disponible en: https://pubmed.ncbi.nlm.nih.gov/9629234/
- Watson J. Nursing: the philosophy and science of caring. Boston: Little, Brown; 1979.
- Worthington EL Jr. Forgiveness and reconciliation: theory and application. New York: Routledge; 2006.
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